sábado, 19 de noviembre de 2011
Yo soy esa raza.
…de indios, morenos, catires
Que poblaron la tierra de Bolívar,
Desde antes que Bolívar viniera a la tierra.
Yo soy esa raza…
de estudiantes, militares, policías, malandros
Que llegaron a un nuevo siglo y un nuevo milenio,
permitiendo que el dólar contaminara su esencia.
Yo soy esa raza…
que vibra en Curiepe, que suda en el Mara
y tiembla emociones cuando el Orinoco, abriendo sus fauces
dice sin palabras, razones gigantes
por las que orgulloso…
Yo soy esa raza…
jueves, 3 de marzo de 2011
viernes, 25 de febrero de 2011
EL DR. MATA
EL DR. MATA
El Dr. Mata es infalible, así lo llegaron a creer sus contemporáneos. Gozaba del poder que cualquier Alcalde de ciudad necesita para gobernar. Tenía todo el control institucional para responder a las demandas de la comunidad, para eso lo elegimos. El Dr. Ángel Mata, de complexión ancha, pequeño de estatura, regordete, ojos grandes y pelo de asno, tenía todo de chancho pero menos de ángel, y con algún ingrediente de matador.
Nosotros sabíamos dónde encontrarle. Pero él estaba en todas partes y en ninguna a la vez. Podíamos hacer antesala en la entrada de su oficina, y aún cuando madrugáramos a esperarle, luego nos decían que ya había llegado o que estaba por irse o que había salido y no lo habíamos visto…sin embargo ¿quién no se iba a percatar de su presencia pues, tan…como diríamos, común, popular, fácil de reconocer, podría pasar desapercibido frente a nosotros? El Dr. Mata lo hacía. Debía ser que la oficina tenía varias puertas de salida, porque no era posible hallarlo.
A veces lo veíamos venir por el pasillo, rodeado de gente, de pueblo, de sus secretarios y de sus oficiales de seguridad. Uno le llevaba el maletín, otro la pequeña computadora, y otro se encargaba de los teléfonos. Pero cuando ya estaba cerca lo perdíamos de vista. Un día, uno de sus representantes nos dio el número de celular, y ahí sí que soñamos que podríamos comunicarnos con él, pero fue imposible. Marcábamos el número hasta caer en la desesperación pero nada, el Dr. Mata no contestaba.
En otras ocasiones lográbamos acercarnos, en la mitad de algún pasillo de la Alcaldía, y cuando ya casi podíamos estrecharle la mano, algo sucedía, algo sonaba feo, y los agentes de la policía secreta (que ya no era tan secreta para nosotros) lo protegían en el acto, lo arrastraban hacia alguna oficina o lo sacaban por las escaleras, como si se tratara de un bulto de papas, y en un santiamén se desaparecía por entre los oscuros corredores del edificio.
Naturalmente que esa persecución, por parte nuestra, nos causaba ansiedad, e impotencia. Nos consolábamos con saber que algún día nos iría a responder una llamada. Hora tras horas mi mujer, mis hijos y yo, pulsábamos el bendito número y nada. Le enviábamos miles de mensajes y nada. Soñábamos con una casa, un crédito, un apoyo del gobierno, y todo, absolutamente todo, dependía de su aprobación.
Una tarde lo encontramos en el ascensor. Tenía un flux negro, de solapa ancha, corbata roja, creo que se dirigía a un entierro. Esa vez nos saludó, claro, un poco de lejos, pero nos saludó. El tipo no soltaba el celular de las orejas, de ambas quizás, porque en las dos manos llevaba uno. O si no, cualquiera de los agentes se lo pasaba para que respondiera las llamadas. Verlo así, tan ocupado, nos causaba arrechera. ¡Claro, cómo coños nos iba a responder si siempre estaba pegado a los teléfonos! Pero insistíamos. El Dr. Mata ya era un misterio. Le veíamos en todas partes, en sueños, en pesadillas, en delirios tremens – dijo el médico- en los periódicos, en las pancartas del mercado, en el botadero de basura, en los bancos, en las calles, en las largas avenidas, hasta en las iglesias. Le veíamos de lado, de espalda, de pecho, al entrar o salir a algún edificio, en los despachos de abogados, en las oficinas de los seguros, en la policía, en donde uno nunca imaginaba estaba el tipo, pero menos, menos… en el maldito celular.
Otro día lo abordamos en un restaurante. Nos recibieron bien, incluso nos invitaron a la mesa, y allí disfrutamos de sus quesos azules y sus ensaladas césar. Y de sus porciones de torta negra y cerveza pero tampoco pudimos hablar con el Alcalde (ojalá nos hubieran sacado de ahí a coñazo limpio). Después de eso nos quedaba un plan “B”: secuestrarlo. Empezamos a planificar cómo hacerlo. Y cuando analizamos las estrategias, nos desanimamos. Tanta gente a su alrededor, por Dios, y todo ese batallón de polizontes, seguro nos dejarían como una alcantarilla. Llena de huecos y rendijas y aplastados contra el suelo.
Después de algún tiempo nos respondió. Su voz se oía como agitada. ¡Aló, aló, aló! Gritaba como un loco. ¡Aló, Aló, Aló, quien es? ¡Yo! Respondí torpemente! ¡Es que se oye muy lejos! – agregó. ¡Pero! ¿me oye, Doctor? Me dijo que no podía atenderme, que estaba muy lejos, y que en ese lugar todo era oscuro, y al final se veía una fogata inmensa, como si se tratara de un ritual. Y que siempre quiso contactarme, pero que sus secretarios no le dejaban hablar con nadie. Que si me acordaba que me había estrechado la mano, o algo así, o que me había palmeado el hombro. Que si no había visto el periódico, que si no miraba noticias, que si no estaba enterado de nada, y que ese maldito celular tenía mi número más de lo que un ser humano aguantara ante un teléfono llamando a alguien. Que hubo un accidente, y que yo era un idiota, que no entendía cómo se manejaba el poder, el partido, y las instituciones públicas. Que ya no lo volviera a llamar porque la próxima vez me iba a mandar un sicario.
El Doctor Mata, casi me mata del susto. Me estaba hablando desde el más allá.
martes, 9 de noviembre de 2010
Un ejercicio impuesto
Tenían siete semanas sin salir. La vecina lo había notado porque ella notaba todo: si entraban, si salían, si comían, si los visitaban, hasta si sacaban la basura en los días estipulados para ello. Y no sólo me refiero a ellos (Luis y Laura) sino el resto de mortales que vivían en esa cuadra. Tenía absoluto control sobre los habitantes de ese lugar que a lo mejor por eso Luis y Laura disfrutaban tanto de no tener que verla.
Los encontraron en un abandono total. No podían determinar desde cuando habían decidido no alimentarse, pero sus ojeras estaban tan amoratadas que tuvieron que moverlos para comprobar que no estaban muertos. Podía decirse que estaban enraizados al sofá. Allí tendrían quién sabe cuánto tiempo pensando en la inminente destrucción. Se habían devanado los sesos cavilando en las posibles maneras en que la tierra desaparecía. A Luis le parecía muy romántico que un meteoro se estrellara contra todo lo que hasta ese momento conociera, que decidió abrazarse de Laura en una espera sempiterna. Con aquel abrazo esperaba eternizar ese amor dulzón que sabían que se tenían pero que nunca tuvieron tiempo de expresarse. Él no lo hizo porque le parecía que manifestarle cierta devoción era muestra de debilidad y ella quizás, porque no fue criada en ese ambiente enternecedor de padres cariñosos que se besan delante de los hijos al levantarse o al irse a sus respectivos trabajos. Había sido más bien una niña solitaria y hasta abandonada. Creció dentro de una apatía que tenía la manía de evidenciársele de modo permanente.
Laura por su parte, se imaginó que la destrucción del planeta vendría por un ataque extraterrestre. Aquellos hombrecillos verdes de los clásicos del cine seguro serían muy distintos, pero sin duda: escalofriantes. Por ello, permaneció — sin mostrar exceso de apego— aferrada a los brazos de Luis con la misma ternura que él debió desear de su parte por mucho tiempo.
Allí, tendidos en el sofá como si los hubiesen clavado con tornillos, esperaban un fin que nunca llegaba. Podían percibir, de vez en cuando, el olor a tocino frito de la casa de los Mendoza. Ese, que tantas veces les hizo dejar completo el desayuno en una repulsión que habían tomado por los cerdos muertos y que no le hallaron explicación. Pensaron, sin atreverse a comentarlo al otro, lo pobres que eran los vecinos al continuar con sus rutinas diarias sabiendo que el fin del universo se acercaba. De pronto era mejor así—llegaron a meditar en silencio— no obstante, prefirieron seguir echados en el sofá hasta que llegara la infinitud.
Cuando sintieron que forzaban la puerta no se molestaron (quizás por no poseer fuerzas o porque el insoportable peso de la dejadez no los dejó) en poner resistencia. Se apretujaron con mayor fuerza y se imaginaron que era la hora del final. Vieron a la vecina más desfigurada y fea que de costumbre. Se parecía mucho a la primera vez que la habían visto. Fue el día de su llegada a ese vecindario. La mujer tenía una mascarilla verde que hacía parecerla a los hombrecillos extraplanetarios que temía Laura.
Aterrada de ver semejante espectáculo, la vecina se adelantó al interrogatorio del jefe de bomberos y les inquirió: ¿Qué les pasó? ¿Están enfermos? ¿Qué tienen? Tratando, al mismo tiempo, de observar con la mayor rapidez posible, todos los detalles de ese apartamento: su descuido, su decoración, hasta su falta de candidez, pues, no le habían dado oportunidad antes de hacerlo. Quiso memorizar cada detalle pero el afán de saber el porqué de aquel absurdo encierro fue más fuerte que ella.
Luis y Laura no podían divisar con exactitud quién lucía más invasor, se miraron por un momento como queriendo detener el tiempo. Sus miradas se entrecruzaron en un suspiro largo. Trataron de hallar en los ojos del otro aquella pasión que los había unido por tanto tiempo sin ni siquiera haberse dicho por casualidad: te quiero. Se vieron y continuaron callados. Los encargados del rescate, tratando de abrirse paso ante la impertinente vecina, no se atrevían a moverlos; podían estar heridos o asustarse a tal punto de ponerse agresivos. Se desesperaron ante aquel silencio y les solicitaron que salieran, que era necesario llevarlos a un hospital.
Después de unos breves segundos, que pudieron parecerse a siglos en el halo de amor que desprendían los dos, salieron abrazados y huyéndole al sol. Afuera, una bandada de periodistas hambrientos, los esperaban ansiosos por conocer los detalles del ataque de fobia a la gente que los había invadido. Ante los flashes, Luis y Laura soltaron sus entrecruzadas manos y se sintieron por primera vez —desde que estaban juntos— perdidos y abandonados.
domingo, 12 de septiembre de 2010
ORIGEN DE ALGUNOS "DICHOS" VENEZOLANOS
Dame la colita. En las batallas que se libraban en laépoca de la independencia, no había suficientes caballos como para que todos los soldados montaran uno. Así que gran parte de los soldados,se veían en la necesidad de cubrir grandes distancias a pie. Por eso, cuando les tocaba subir una pendiente, le solicitaban al soldado que iba a caballo, mula o burro: Dame la colita, en otras palabras, dame permiso para agarrarme de la cola del animal para subir con menos esfuerzo la pendiente. Se quedó para siempre 'Dame una colita'.
Corotos. Antonio Guzmán Blanco, quien fue tres veces presidente de Venezuela tuvo una educación con fuerte influencia francesa, fue diplomático acreditado en ese país. En su estadía por el país europeo, su mujer se aficionó mucho por las pinturas del pintor francés, Jean Baptiste Corot, teniendo una respetable colección, de la cual no se separaba. Cuando vivían en Caracas, cada vez que se mudaban de casa, cosa que hicieron con mucha frecuencia, le indicaba a los empleados que embalaban los enseres: Tengan mucho cuidado con los 'Corots', es decir las pinturas. Los empleados fueron generalizando la orden convirtiendo en 'corotos' toda clase de cosas propias de una casa.
Macundales. Para abrir picas, en el proceso de exploración de la industria de los hidrocarburos en Venezuela, se utilizaron unos machetes ingleses de marca Mc Undale. Los trabajadores, le dieron el nombre de Macundales, cada día, a la hora de terminar la faena, decían: llegó la hora de recoger los Macundales (machetes) y así se ha quedado, hasta el día de hoy, recoger tus macundales significa recoge tus cosas y vete.
Échale pichón. En Venezuela, cuando se le pide un esfuerzo adicional a alguien para desarrollar alguna tarea que requiere algún esfuerzo se le dice 'échale pichón'. En la época en la que no había acueductos ni sistemas de distribución del agua, ésta se extraía con bombas manuales que tenían una palanca que decía: 'Push On'. La utilización y mala pronunciación de esta palabra para decir que pusieran a funcionar las bombas, derivó en pichón. Échale pichón era: Dale a la bomba.
¿No lo sabías verdad? ¡Todos los días se aprende algo nuevo...!
lunes, 6 de septiembre de 2010
Va de Boda, monólogo.
“¡Qué ladilla! Acabo de recibir una invitación de boda, ya me dirán si no es para estar inquieto. ¡Será posible! ¡Es que te queda la misma cara que cuando te llega una citación de tribunal! Tu mujer dice: ¡Ay, qué nota!, se casan Lorenzo y Pepita, ¡qué “náis”!… y tú: (¡’ñuélam…!)… Sí, sí, qué bonito es el amor.
¡Dale, a soltar plata! Porque hay que ver como se gasta en las bodas. Sobre todo las ajenas, porque en la tuya, gastaron los suegros: los tuyos y los de ella. Y hablando de gastar… las mujeres, que no sólo se disfrazan de paquete de caramelos, algunas hasta se ponen una fiambrera en la cabeza, que las ves y dices:
“¿Mami? ¿Eres tú o el soldado Ryan camuflado?”
Lo más raro es ese bolsito diminuto que llevan todas, ¡De pana, una almeja metálica! ¿Que llevan ahí?, una Always extrafina sin alas (claro, porque asomarían) una polvera y un lápiz labial.
Sí, es muy intenso eso de las bodas.
Una de las cosas que mas odio de las bodas son las esperas:
Te tiras media hora en la puerta de la iglesia con las manos llenas de arroz y sudando tanto, que cuando salen los novios, lo que les tiras es arroz a la cubana, nada más te faltan los huevos y las tajadas fritas de plátano maduro, pero con lo que te has gastado para asistir con tu mujer “de madrina”, tu hijo menor de “paje”, tu hija mayor de “dama de honor”… ¡un huevo!
Ahora, los peores son los carajitos, que tiran el arroz a la cara, ¡con una mala leche!:
“¡En el ojo, chamo, le pegaste en el ojo...!”.
Y el novio, ahí, aguantando, con cara de bolsa para las fotos.
¡Odio las bodas!
Yo, en la última ni conocía a la que se casaba y cuando fui a darle el beso de rigor, me tuve que presentar:
-Soy Víctor, el hijo de la tía Teresa, la que no se habla con el abuelo.
- Ah, encantada, gracias por venir, “primo”.
Y da igual, la novia no se entera realmente de quién eres, va como drogada, le podría haber dicho:
-¿Me prestas un par de kilitos para la inicial de un mercado de Quinta Crespo?
-Ah, encantada, gracias por venir, “primo”.
O bien:
-Soy el violador de Catuche, vengo a enseñarte el machete.
Ella hubiera dicho igualmente:
-Ah, encantada, gracias por venir, primo.
Lo que más odio de las bodas en el momento del traslado a la “recepción”.
Tu madre te endosa a tus tías, pero como tu carro es de dos puertas, las tienes que meter a empujones. El vestido se les sube a las caderas y van todo el camino enseñando la faja. Pero a ellas todo les hace gracia:
-Vitico, sube la ventanilla mi amor, ji, ji, ji, que me despeino, y sigue, sigue al tío Juan, que se sabe el camino, ji, ji, ji.
¡Ji,ji! ¡Vitico, fila de doce carros tocando la corneta! Y como el primero se pase un semáforo en rojo... ¡emergencia, emergencia! Todo el mundo sacando el Walkie-Talkie:
-Atención, hemos doblado a la izquierda, ¿ven al tío Juan?, ¡coñooo, nosotros estamos dando vueltas a la manzana!, ¡veeergaaa, nos perdimos!, ¿me copias, me copias...? Pato rojo a pato azul, se nos perdió el tío Juan, ¡tío Juan contesta, aló, aló…, qué buena vaina! ¡Este pote se quedó sin baterías!
Da igual, es un desastre. Cuando llegas, el tío Juan lleva dos horas sentado echándose un palo de güisqui y encima te dice:
-¿Dónde coño se metieron ustedes?... ¡qué bolas tienen!
Lo único que esta bien organizado en las bodas es el reparto de los idiotas: ponen uno en cada mesa. Pero el resto es un descontrol: están entrando con la torta y a tu mesa aun no han llevado las bolitas de carne y los tequeños.
¿Y que me dicen del vídeo? Se acerca el de la cámara y todo el mundo se cree que esta en Sábado Sensacional: el idiota se pone una servilleta en la cabeza, el tío Juan canta la “Jota Margariteña” de siempre y una de las tías llora:
-Hijos míos, que se quieran mucho y se respeten siempre...
¡Hombre, por favor! ¿Esto es lo que pasa el día más feliz de tu vida?
¡Es todo muy fuerte! Porque después llegan las mujeres con almendras acarameladas envueltas en un trozo de tul y paquetes de cigarrillos gritando:
-Fúmate uno mujer, que estamos de boda.
Y de pronto te encuentras a tu mujer echando humo por la nariz como si fuera una vieja locomotora.
A nosotros, en cuanto nos descuidamos, nos colocan un habano.
Yo, a la tercera calada, empiezo a ponerme blanco y lo tiro.
Pero allí están los vigilantes de habanos, tan atentos ellos:
-¿Ya te fumaste el habano? ¡Dale otro al chamo y un palo de güisqui, pa' que se haga un hombre!
Un hombre, un hombre... ¡hombre, no me jodas!
¡Y el baile! Eso es lo mas fuerte. Lo peor es cuando el tío de la novia, ya dando señales de estar medio borracho y sin esperar la “hora loca”, la saca a bailar un pasodoble. El tío va todo sudado con la camisa pegada al cuerpo, le planta la barbilla en el hombro, le sube el vestido medio metro y canturrea mordiendo el tabaco:
-“La ‘ente ‘anta con ardor ‘e ‘iva Es’aña, nana na nana nana náaa, y Es’aña es la mejor, tara ran tan taran tara rá, ¡y olé!”
Lo que menos entiendo es por que los novios pasan de mesa en mesa preguntando: -¿Que tal? ¿Han comido bien?
A tí te dan ganas de decirles:
-Pues no, la comida era una mierda, y no he dejado de soltar crema entre la corbata, la camisa y el paltó... ¡Y encima me han puesto al lado del bafle!
Pero no, les dices que todo ha estado delicioso…, sencillamente perfecto. Y así, con una mentira, los novios comienzan su vida de casados. Claro que no será la única mentira en la vida de esos infelices.
En fin, ¡que vivan los novios, pero a mí que no me inviten a más bodas!”
viernes, 3 de septiembre de 2010
En una cola
Las playas fueron cerradas por el coñazo de agua que cayó a medianoche en los alrededores. Varios puentes se cayeros. Ibamos llegando a Maracay cuando empezó a granizar. Estuvimos 4 horas en cola, esperando que ocurriera algo. Un tsunami, no sé. Por suerte llevábamos buena música. Y algunos cigarrillos. Y comida. Acababamos de salir de El Bohio, la estación de servicio más original de la zona: con mc donald, burger King, pizza hot, tiendas de chucherías, ventas de trajes de baño y muchas cosas más.
Yo me había quedado en el auto, mientras el grupo hacía cola en los baños. La gocha de Carol amaba tanto su cabello que se bajo del carro con champú y tolla en mano. David revisó las yantas, el motor, y el techo del carro. Luego desapareció y regresó con un par de cervezas bien frías. Yo leía Tokio Ya No Nos Quiere de Ray Loriga. Un libro de viajes. Debería tomarme un viajecito así. Todo pago y sin preocupaciones. Vendiendo droga, pero está bien, es legal, ya se encontró la cura del sida y del cáncer. Bueno, menos mal que Carol y Gaby se habían ido del carro. No soporto escuchar Lady Gaga ni Britney Spear. Saqué mi MP3 y lo inserté en la radio. Sí Sí Sí, yo quiero estar sedado. The Ramones. Punk del viejo. Tengo rock variado, desde punk hasta grindcore. Me bebí la cerveza, mientras David buscaba conversación a cualquier vecino temporal.
Al rato salió Gaby con una hamburguesita y Carol con el cabello lavado y la toalla de bufanda, oliendo una a comida deliciosa y otra a frutas. Entraron y pusieron mala cara por la música. Yo me había cambiado al asiento del copiloto. Tamborileaba con las manos mis rodillas al ritmo de la música. David puso en marcha el carro, subió el volumen de la música y cantamos a todo pulmón. Hasta que nos topamos con la cola. Hasta que empezó a caer el granizo y las mujeres se pusieron a chillar. Hasta que, luego de un año de abstinencia, me fume un cigarrillo, pensando en el instante en que cayera un meteorito y elevara una ola de 5000 metros y nos arrasara a todos. La pura idea me asustó tanto que salí del carro y empecé ¡Viene la ola! Creando un pánico colectivo. Gente corriendo de aquí para allá gritando ¡La ola! Y luego el momento de vergüenza, cuando David me metió al carro y me dijo que disimulara que no ocurría nada. Le dijo a la gente que yo estaba loquito. Y luego nos reímos mucho cuando bebimos aquella noche. Pero, aun, 10 años después, me sonrojo de la pena cada vez que lo recuerdo.