domingo, 29 de enero de 2012

La Tripona


Héctor Estrada Parada
Venezolano

--¡A mi papá se lo dijo cuando venga, tú vajavé, gran carajo!
--Tan bonita y tan grosera, lástima que se perdieron esos potes de leche. – le dijo Cirilo desde una esquina.
--Qué potes de leche ni qué niño envuelto, piazo ‘e gafo. A mí me criaron fue con pura teta.
Se llamaba Berta, tenía catorce años y un genio del demonio. Su padre estaba preso desde hacía once años y ya a punto de salir. Había matado a un hombre a puñetazos porque, borracho en un bar, le tocó el culo. Berta iba a la escuela en las mañanas y por la tarde ayudaba a su mamá con los oficios de la casa y a repartir los bollitos y cachapitas de maíz jojoto, que los vecinos le compraban por encargo.
Cirilo era un vividor que se había criado en el barrio, pero que al hacerse hombre, se dedicó a “chulear” a viejas con plata, por el este de la ciudad. Decían que vivía con una veterana actriz de televisión. De vez en cuando pasaba por la casa materna para, como él mismo decía, no perder sus raíces.
--¿Y entonces qué primita, cuándo te animas a echarte un baño y ponerte ropa limpia para dar un paseíto conmigo en mi nave? – dijo señalando con los labios en punta, al reluciente Galaxie 500, 1962, recién sacadito de la agencia.
--Mira Cirilo, yo no soy prima tuya ná’. La mae tuya es mi madrina de confirmación y hasta ahí. Además tú tienes muy mala fama por aquí, y si me ven siquiera hablando contigo, mi buena cueriza que me dan. Así que ¡zapatea pa’ otro lao!
--Bueno, de todos modos, tú solamente eres una tripona. – dijo como en “La Zorra y las Uvas”
--¡Tripona será tu agüela desgraciao!
Siguió su camino a la mamá el producto de la venta de esa tarde; Berta sabía lo que buscaba Cirilo con ella. A pesar de su juventud, conocía más de la vida que la mayoría de las muchachas de su edad. Un hermano de su padre, quien venía a casa con frecuencia, se había encargado de aleccionarla desde hacía unos dos años. Les traía a ella y a su madre, frutas, pollo y otros comestibles. También traía unas cervecitas y el último disco de moda, para “alegrarles un poco la vida”. Se quedaba todo el fin de semana y por las noches, se acercaba al cuarto de Berta para arroparla, como cuando estaba chiquita y darle un besito de buenas noches; solo que de un tiempo acá, se lo daba en la boca y mientras lo hacía, le acariciaba el cuerpo con sus huesudas y callosas manos. Al principio, Bertica lo dejaba hacer por pura inocencia, pero ya después empezó a gustarle que su tío la tanteara en lo oscuro de la pieza. No sabía por qué, pero entre semana extrañaba las buenas noches de Anselmo. Mentira, sí sabía y al acostarse, ella misma sobaba sus muslos y vientre, como lo hacía él, hasta que después de un rato se quedaba dormida, luego de un profundo suspiro y ahogando los gemidos y estremecimientos con la almohada.
Un sábado en la tarde llegó Anselmo con una mala noticia para la madre de Berta.
--Tu marido se metió en un peo allá en la Modelo. Parece que hubo un motín o algo parecido y lo involucraron en la trifulca. Ahora le van a dar dos o tres años más, porque ique le dio unos carajazos a un guardia.
En su fuero interno, Berta se alegró, ya que si su padre hubiese salido de la cárcel, los escarceos de su tío Anselmo se pondrían más difíciles. Esa noche…
--Berta, Bertica mi amor, hoy tú también deberías tocarme a mí un poquito. – le decía en susurros el tío, mientras le llevaba la mano de ella hasta la bragueta abierta.. Anselmo se estaba cansando de desahogar las ansias de su piel con la mamá de Berta, al salir excitado del cuarto de la niña. Ahora quería avanzar un poco más con su sobrina, quien definía formas día tras día y se estaba poniendo más “sabrosita”. Además, esa noche su cuñada estaba más borracha que de costumbre y ya dormía.
Cierta tarde, al día siguiente de su cumpleaños diecisiete, Berta paseaba por el barrio enseñándole a unas amigas el vestido y los zapatos que le había regalado su tío Anselmo, cuando apareció Cirilo haciendo alarde de su nuevo Thunderbird ’65.
--Hola Tripona, ¡qué bonita estás hoy!
--Gracias don Cirilo, usté siempre tan caballerosiento.
--¡Guá! ¿y de cuándo a dónde tú tan simpática conmigo?
--Bueno, es que ya soy una mujer y la antipatía contigo, eran puras niñerías mías. ¿O es que no se me nota que soy una mujer?
--¡Sí…rilo me llaman!, claro que se te nota Tripona. Por eso te digo qee andas muy bonita.
Al chulo se le alborotó la testosterona al mil por uno. No contaba con esa reacción de Berta, a quién le tenía ganas desde hacía años.
--Esa nave me gusta más que la otra. – dijo Berta con inusual coquetería.
--Ah, entonces ¿en esta sí darías un paseíto conmigo?
--¡Sí…rilo te llaman! – dijo la muchacha riendo a mares y subiéndose al carro.
Tiempo después andaba “Bertica” por el barrio saludando a las amigas, cuando una de ellas le preguntó:
--¿Y ese carajito, Berta?
--¡Guá!, este es Cirilo Anselmo, mi tripón.

FIN

El Amor según Yo.

"El amor es un fenómeno aprendido aunque quizás muchos de nosotros no estemos satisfechos con el modo en que lo hemos aprendido. Como seres humanos experimentados, debemos creer en una cosa por encima de otra: el cambio. Y por lo tanto, si no nos gusta donde estamos con respecto al amor, si no nos gusta el escenario en el que nos encontramos, si no somos felices, si nos sentimos solos, si nos parece que no sucede nada podemos cambiar y crear un nuevo escenario. Debemos pintar un nuevo decorado. Rodearnos de actores nuevos. Y si la obra no es buena, insistiremos y escribiremos otra. Hay millones de obras, tantas como personas. Sabemos que el amor es algo que necesitamos, algo que buscamos constantemente y sin embargo, no se nos enseña. Se supone que nos llega por y a través de alguna fuerza misteriosa de la vida." "El amor no es un producto que pueda negociarse, comprarse o venderse, tampoco podemos obligar a amar u obligar a otros a que nos amen. Sólo puede ser dado en forma voluntaria. Muchas personas se ofrecen en venta, en cuerpo y mente, en nombre del amor. Pero se engaña a sí mismo quien cree que puede comprar el amor. Puede comprar el cuerpo de otro, o su tiempo, sus posesiones terrenas, pero nunca comprará su amor. Se puede optar por fingir amor a cambio de un precio determinado. Se trata de un arte dramático que muchos han perfeccionado al punto que resulta imposible descubrir el engaño. Pero este jugar al amor no es fácil. El costo es grande y nunca recompensa lo suficiente." "El amor no puede ser encerrado o encadenado. El amor se diluye entre las cadenas. Si el amor desea seguir otro curso, se va; y todas las prisiones, guardas, cadenas u obstrucciones del mundo no son suficientes para retenerlo ni por un segundo. Si un ser humano ya no desea crecer en el amor con otro ser humano, el otro puede desempeñar varios papeles para retenerlo. Puede convertirse en un villano y amenazarlo; puede volverse generoso y ofrecer regalos; puede convertirse en un intrigante y hacerlo sentir culpable; puede ser astuto y trampearlo para que se quede o puede cambiar su propio “yo” para satisfacer las necesidades del otro. Pero a pesar de todo lo que haga, el amor del otro se ha ido y sólo recibirá a cambio de todos sus esfuerzos, un cuerpo vacío, sin vida y sin amor. Aunque esto nos parezca repugnante, muchos lo hacen por seguridad, fama o fortuna. La dinámica resulta aún más grotesca cuando se comprende que esta relación sin porvenir impide al enamorado un crecimiento constante. El amor es tener siempre los brazos abiertos.Con los brazos abiertos el amor puede ir y venir a su voluntad, libremente, pues lo haría igual de todos modos. Si cerramos lo brazos alrededor del amor descubriremos que hemos quedado solos, abrazándonos a nosotros mismos."

un romance: Yo Quisieera.

Quisiera pintar la rosa
con el rubor de tus labios.
Quisiera pintar el día
con la luz de tu mirada.
Quisiera pintar el cielo
de alguna noche estrellada
con el negro de tus ojos
y el oro puro de tu alma.

Quisiera, Niña, que el mundo
de tus dones se copiara,
de tu sonrisa las perlas,
la blancura de su nácar;
de tu voz las caracolas
sus tonadas de guitarra;
y del carmín de tu boca
las amapolas del alba,
los fulgores encendidos
de un corazón escarlata,
y que en este cumpleaños
sus caritas sonrosadas
empapadas de rocío,
con tu aliento se embriagaran.

Quisiera, amor, escaparme
en el vuelo de un sarmiento,
de la realidad del mundo,
para así vivir el sueño,
que desde antes de nacer
me acompaña en lo profundo
de mi alma soñadora
y contigo hacerme uno.

Quisiera tener mil oros,
para comprar un velero,
y navegar por los mares
de tu hermosa cabellera
y que al final de mil siglos
de dichosa travesía,
atracar allá en el puerto
de tu generoso pecho.

Quisiera que un beso tuyo
me transportara tan lejos,
que la estrella más lejana
nos pareciera a la mano;
y regresar de ese viaje
por ignotos corredores,
con el alma florecida
y entregarte mis amores.

Héctor Estrada Parada.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Vida no me des más golpes

Vida no me des más golpes
Ya no puedo más.
Que los recibidos
Son ya suficientes.

Vida no me des más golpes
Apunta a otro lado.
¿O es que no hay más nadie
A quién castigar?

Vida no me des más golpes
Ya no tengo donde
Recibir descargas,
De tu ira ciega.

Yo soy esa raza.

Yo soy esa raza…
…de indios, morenos, catires
Que poblaron la tierra de Bolívar,
Desde antes que Bolívar viniera a la tierra.

Yo soy esa raza…
de estudiantes, militares, policías, malandros
Que llegaron a un nuevo siglo y un nuevo milenio,
permitiendo que el dólar contaminara su esencia.

Yo soy esa raza…
que vibra en Curiepe, que suda en el Mara
y tiembla emociones cuando el Orinoco, abriendo sus fauces
dice sin palabras, razones gigantes
por las que orgulloso…
Yo soy esa raza…

jueves, 3 de marzo de 2011

viernes, 25 de febrero de 2011

EL DR. MATA

EL DR. MATA

El Dr. Mata es infalible, así lo llegaron a creer sus contemporáneos. Gozaba del poder que cualquier Alcalde de ciudad necesita para gobernar. Tenía todo el control institucional para responder a las demandas de la comunidad, para eso lo elegimos. El Dr. Ángel Mata, de complexión ancha, pequeño de estatura, regordete, ojos grandes y pelo de asno, tenía todo de chancho pero menos de ángel, y con algún ingrediente de matador.

Nosotros sabíamos dónde encontrarle. Pero él estaba en todas partes y en ninguna a la vez. Podíamos hacer antesala en la entrada de su oficina, y aún cuando madrugáramos a esperarle, luego nos decían que ya había llegado o que estaba por irse o que había salido y no lo habíamos visto…sin embargo ¿quién no se iba a percatar de su presencia pues, tan…como diríamos, común, popular, fácil de reconocer, podría pasar desapercibido frente a nosotros? El Dr. Mata lo hacía. Debía ser que la oficina tenía varias puertas de salida, porque no era posible hallarlo.

A veces lo veíamos venir por el pasillo, rodeado de gente, de pueblo, de sus secretarios y de sus oficiales de seguridad. Uno le llevaba el maletín, otro la pequeña computadora, y otro se encargaba de los teléfonos. Pero cuando ya estaba cerca lo perdíamos de vista. Un día, uno de sus representantes nos dio el número de celular, y ahí sí que soñamos que podríamos comunicarnos con él, pero fue imposible. Marcábamos el número hasta caer en la desesperación pero nada, el Dr. Mata no contestaba.

En otras ocasiones lográbamos acercarnos, en la mitad de algún pasillo de la Alcaldía, y cuando ya casi podíamos estrecharle la mano, algo sucedía, algo sonaba feo, y los agentes de la policía secreta (que ya no era tan secreta para nosotros) lo protegían en el acto, lo arrastraban hacia alguna oficina o lo sacaban por las escaleras, como si se tratara de un bulto de papas, y en un santiamén se desaparecía por entre los oscuros corredores del edificio.

Naturalmente que esa persecución, por parte nuestra, nos causaba ansiedad, e impotencia. Nos consolábamos con saber que algún día nos iría a responder una llamada. Hora tras horas mi mujer, mis hijos y yo, pulsábamos el bendito número y nada. Le enviábamos miles de mensajes y nada. Soñábamos con una casa, un crédito, un apoyo del gobierno, y todo, absolutamente todo, dependía de su aprobación.

Una tarde lo encontramos en el ascensor. Tenía un flux negro, de solapa ancha, corbata roja, creo que se dirigía a un entierro. Esa vez nos saludó, claro, un poco de lejos, pero nos saludó. El tipo no soltaba el celular de las orejas, de ambas quizás, porque en las dos manos llevaba uno. O si no, cualquiera de los agentes se lo pasaba para que respondiera las llamadas. Verlo así, tan ocupado, nos causaba arrechera. ¡Claro, cómo coños nos iba a responder si siempre estaba pegado a los teléfonos! Pero insistíamos. El Dr. Mata ya era un misterio. Le veíamos en todas partes, en sueños, en pesadillas, en delirios tremens – dijo el médico- en los periódicos, en las pancartas del mercado, en el botadero de basura, en los bancos, en las calles, en las largas avenidas, hasta en las iglesias. Le veíamos de lado, de espalda, de pecho, al entrar o salir a algún edificio, en los despachos de abogados, en las oficinas de los seguros, en la policía, en donde uno nunca imaginaba estaba el tipo, pero menos, menos… en el maldito celular.

Otro día lo abordamos en un restaurante. Nos recibieron bien, incluso nos invitaron a la mesa, y allí disfrutamos de sus quesos azules y sus ensaladas césar. Y de sus porciones de torta negra y cerveza pero tampoco pudimos hablar con el Alcalde (ojalá nos hubieran sacado de ahí a coñazo limpio). Después de eso nos quedaba un plan “B”: secuestrarlo. Empezamos a planificar cómo hacerlo. Y cuando analizamos las estrategias, nos desanimamos. Tanta gente a su alrededor, por Dios, y todo ese batallón de polizontes, seguro nos dejarían como una alcantarilla. Llena de huecos y rendijas y aplastados contra el suelo.

Después de algún tiempo nos respondió. Su voz se oía como agitada. ¡Aló, aló, aló! Gritaba como un loco. ¡Aló, Aló, Aló, quien es? ¡Yo! Respondí torpemente! ¡Es que se oye muy lejos! – agregó. ¡Pero! ¿me oye, Doctor? Me dijo que no podía atenderme, que estaba muy lejos, y que en ese lugar todo era oscuro, y al final se veía una fogata inmensa, como si se tratara de un ritual. Y que siempre quiso contactarme, pero que sus secretarios no le dejaban hablar con nadie. Que si me acordaba que me había estrechado la mano, o algo así, o que me había palmeado el hombro. Que si no había visto el periódico, que si no miraba noticias, que si no estaba enterado de nada, y que ese maldito celular tenía mi número más de lo que un ser humano aguantara ante un teléfono llamando a alguien. Que hubo un accidente, y que yo era un idiota, que no entendía cómo se manejaba el poder, el partido, y las instituciones públicas. Que ya no lo volviera a llamar porque la próxima vez me iba a mandar un sicario.

El Doctor Mata, casi me mata del susto. Me estaba hablando desde el más allá.