martes, 6 de marzo de 2012

“El Bolívar que pocos conocen”


“El Bolívar que pocos conocen” (1)

Héctor Estrada Parada


El jueves 10 de julio de 1.830, veintitrés días antes de su cumpleaños número 47 y pocos meses antes de su encuentro con la inmortalidad, se hallaba El Libertador en Cartagena, su muy querida Cartagena de Indias. Había amanecido fresco y agradable ya que una llovizna, iniciada en la madrugada, caía blandamente, obligando a los cartageneros a permanecer en sus moradas. El Libertador, al igual que ellos, sintiéndose incómodo por la humedad, también decidió descansar ese día. Después del desayuno se puso a caminar por los corredores de la casa, para luego decidirse por un libro y escogió uno de su preferencia. Su portada indicaba que había sido leído muchas veces y eso mismo pensó él cuando lo tuvo en sus manos; mas su lectura lo hacía descansar y se metió en la hamaca para leer. Lo abrió al azar, en medio de sus páginas, sin importarle dónde e inició la lectura: “… ¡Cuán rápidamente pasamos sobre esta tierra! El primer cuarto de la vida transcurre antes de que se conozca el uso; el último cuarto pasa enseguida que se ha cesado de gozar de él. En un principio no sabemos vivir; muy pronto no podemos hacerlo ya; y en el intervalo que separa estas dos extremidades inútiles, los tres cuartos del tiempo que nos queda son consumidos por el sueño, por el trabajo, por el dolor, por la obligación, por preocupaciones de todas clases. La vida es corta, menos por el escaso tiempo de duración que porque de este poco tiempo no tenemos casi nada de él para gustarlo. El instante de la muerte aunque esté muy alejado del nacimiento, hace la vida siempre demasiado corta cuando este espacio no se ha llenado de modo conveniente…”

El Libertador se quedó pensativo con el libro entre las manos… de nuevo leyó el mismo párrafo. Ya inquieto se paró de la hamaca y colocó el libro abierto, con las páginas hacia la tabla de la mesa para no perder la hoja leída por segunda vez. ¡Algo de la lectura lo había inquietado! Caminó por la habitación cuan larga era en ambos sentidos; tomó de nuevo el libro, le miró el título.

--¡Sí, es el Emilio!

Se quedó un rato pensando y moviendo la cabeza.

--¡Cómo es posible que jamás hubiese reparado en el contenido de este capítulo! ¡Debe ser que hoy lo estoy leyendo con más tranquilidad y en condiciones distintas! A lo mejor pensé al leerlo, en otras oportunidades, que todo esto era aplicable a los demás; pero ya veo que a mí también me cuadra perfectamente.

El Libertador levantó el libro de la mesa y nuevamente se hundió en la hamaca con él, se impulsó con los pies en el suelo para mecerse y de nuevo leyó por tercera vez aquel capítulo que tanto le había intrigado y se dijo:

--¡En verdad, que el primer cuarto de mi vida transcurrió sin que yo hubiese conocido lo que es vivir… ¡Huérfano a los nueve años, sin padre ni madre. Hostigado por el tuerto Sánz; acosado por el padre Andújar; don Guillermo Pelgrón; el doctor Vides y por último Andrés Bello, que nunca me quiso ni de niño ni de hombre, total ¡Huérfano de padre, de madre y de afectos! Luego me entregaron a Simón Rodríguez, éste al menos, hizo mi vida más placentera en San Mateo. De él aprendí los conceptos de la libertad, los derechos del hombre y la división de los poderes; también me enseñó a nadar y seleccionar los alimentos; me obligó a leer las “Vidas Paralelas” de Plutarco y me hizo conocer a este libro que lo he tenido toda la vida en mis manos y hoy me tiene cavilando… ¡Mas, qué poco duró todo aquello! Cuando ya me sentía bien y mi afecto por Simón Rodríguez empezaba a crecer, éste tuvo que salir huyendo de Venezuela a llamarse Samuel Robinson en tierras extranjeras y para desgracia mía, volví a caer en manos de mis tíos, quienes inmediatamente se desprendieron de mí… ¡Claro, les estorbaba! Y me enviaron a las Milicias de los Valles de Aragua, de donde salí más tarde con el grado de subteniente. Llego a Caracas, me enamoro y recibo mi primer desengaño. Luego mis tíos Feliciano y Carlos me montan en la goleta San Ildefonso, me recomiendan a su Capitán, don José Borjas y éste me afloja en España… ¡Aunque todo no podía ser tan malo! Allá tuve la suerte de conocer al Marqués de Ustáriz y al oírlo hablar me doy cuenta de mi ignorancia… ¡Yo no sabía nada de nada!, no sabía ni escribir… ¡Qué vergüenza! ¡Cuánto le debo a Ustáriz! Él, viéndome incómodo y angustiado por ser tan ignaro, se compadeció de mí, me dio algunos conocimientos y luego me buscó los maestros que necesitaba en matemáticas, literatura, historia, filosofía, danza, esgrima y otras cosas. También aprendí en su casa, las ideas de la Revolución Francesa y para que no faltase nada, fue en su casa donde conocí a María Teresa, nos casamos y a los pocos meses ya era viudo. Así pasó, no la cuarta parte de mi vida, sino la tercera… “¡Cuán rápidamente pasamos sobre esta tierra!”. ¡El primer tercio de mi vida pasó sin que yo la conociera ¡Luego regreso a Europa joven y rico, sediento de lujos y placeres prohibidos en la colonia. El oro me franqueó todas las puertas. Los hombres me abrieron sus brazos y las mujeres me brindaron sus caricias… ¿Qué me quedó de todo aquello? ¡Nada! Sólo que había gastado miserablemente la mitad de mi vida. ¿Qué fue de Fanny y sus salones? ¡Nada!... Hoy me pregunto: ¿Cuándo se inició la segunda parte?... En el instante en que la Divina Providencia me depara un nuevo encuentro con mi maestro Rodríguez en medio de aquél hastío y de la insatisfacción de la vida que me estaba devorando, fue el momento en que me di cuenta de que el dinero da todas las complacencias de la carne sin dejar nada por dentro… ¡Tan sólo un vacío en el alma! Luego aquella enfermedad me perdonó la vida en Viena, para que siguiera mi viaje por la vieja Europa, acompañado de Simón Rodríguez y así conocer por su boca a los filósofos y a los políticos: Bacon, Voltaire, Rousseau, Hobbes, Montesquieu y otros… ¡Quién pudiera andar de nuevo el camino! Aún recuerdo cuando presenciamos la bochornosa comedia de la coronación de Napoleón delante del Papa Pío VII, para terminar mi viaje en Roma; y ya siendo una persona distinta le dije a Simón Rodríguez crudamente: “Te juro Rodríguez, que libertaré a América del dominio español y que no dejaré allá ni uno sólo de esos carajos…”

El Libertador se impulsó de nuevo para mecerse y volvió a leer: “El instante de la muerte, aunque esté alejado del nacimiento, hace la vida siempre demasiado corta cuando este espacio no se ha llenado de modo conveniente…”

--¡El mío ya está colmado!—dijo cerrando el libro.
1799, su primer viaje a Europa.

“El Bolívar que pocos conocen” (2)

Héctor Estrada Parada


“La otra Manuelita”

“La tarde del siete de diciembre de 1.824 entramos victoriosos en Lima. El pueblo me arrebató del caballo para llevarme en hombros hasta el palacio, ¡casi me ahogan! Esa noche, cansado, exhausto, encontré en mi libro de notas una flor marchita. No salí de mi asombro hasta leer el papel manchado que la escondía”

-Guárdala, es de Manuelita Madroño, para que no me olvides nunca, ni tampoco olvides nuestro amor que fue tan grande como grande es el Valle Huaylas, donde te aguardaré la vida entera.

¡Todo había sido tan real, que en su cara sintió el frío penetrante de la montaña! El chisporroteo de la vela, ahora más fuerte por ser el último grito para despedirse de la vida, lo sobresaltó, vino la oscuridad y con ella cesó la felicidad que le había producido el recuerdo de tiempos que jamás volverían. Una sonrisa de complacencia y a la vez de satisfacción nostálgica lo ayudó a conciliar un placentero sueño.

Manuela Madroño -según relata el peruano Ricardo Palma- era una chica de dieciocho años, de las más guapas del departamento de Ancachs. Era un fresquísimo y lindo pimpollo muy codiciado. Una mañana del mes de mayo de 1.824 hizo Bolívar su entrada oficial en Huaylas. El Cabildo, que pródigo estuvo en fiestas y agasajos, decidió ofrecer al Libertador una corona de flores, la cual le sería presentada por la muchacha más bella y distinguida del pueblo, claro está que Manuelita fue la designada. No pasaron cuarenta y ocho horas sin que los enamorados ofrendaran a la diosa Venus. Manuelita en ese momento decidió ser la querida del hombre más grande de América y no la simple campesina olvidada y llena de hijos en lo más profundo del Valle de Huaylas.

Ausente ya Bolívar, habiendo proseguido campaña, Manuelita guardó tal culto por el nombre y el recuerdo de su amado, que jamás correspondió a las pretensiones de los galanes de la región. Ya en estado de edad senil, aún se alegraba y se rejuvenecía cuando algunos de sus paisanos la saludaban al paso, diciéndole:

-¿Cómo está la vieja de Bolívar?

Pregunta a la que ella respondía con picardía y sonriendo de satisfacción y orgullo:

-¡Cómo cuando era la moza!


Héctor Estrada Parada



Camino de Santa Marta,
fiesta en honor al Libertador en Honda, 15 de mayo de 1.830.


En la casa del Coronel Posada Gutiérrez, El Libertador tomó un buen descanso; sin sospechar que los miembros del Concejo Municipal, los empleados públicos, los principales vecinos y el mismo Coronel Posada Gutiérrez, habían organizado un suntuoso baile en su honor para el día 15, ya que al siguiente se embarcaría para Turbaco. El festejo serviría para alegrarlo un poco y a la vez para despedirlo.

Posada Gutiérrez notificó de la celebración del baile a Bolívar y éste se sintió complacido, aún cuando no se sentía con ánimo ni con fuerzas para bailar. El Libertador se avivó con la invitación y ordenó un baño de agua tibia. Se afeitó él mismo y se peinó sus escasos cabellos blanquecinos con mucho cuidado, haciéndolo de atrás hacia delante para disimular un poco la calvicie bastante avanzada. Se vistió de etiqueta y se roció con unas gotas de agua de colonia a pesar de haberle puesto un poco al agua de la bañera, como era habitual. No pensó oportuno usar uniforme ni condecoraciones por tratarse de una fiesta no oficial. Se quejó un tanto de la temperatura con el General Laurencio Silva y salió complacido y acompañado de sus edecanes, el Capitán Fernando Bolívar, su sobrino y escribiente, y el Coronel Belford Wilson, hijo de su gran amigo el General Robert Wilson, quien le había obsequiado con un par de volúmenes invaluables: El contrato Social de Rousseau y El Arte Militar de Mont-Cuculi, y que pertenecieron a la biblioteca de Napoleón Bonaparte.

Las calles estaban muy concurridas. De todos los caseríos vecinos había llegado una gran cantidad de personas para mirar la fiesta. Muchos, vistiendo lo mejor que poseían, se sintieron invitados al baile. El Libertador oyó, a su paso por las calles, vivas y exclamaciones. Él respondió a todos los saludos… ¡Era feliz!

Su entrada en la casa fue recibida por el Alcalde, los miembros del Concejo Municipal, el Párroco, el Comandante de la Policía local, el Juez, la Alcaldesa y un médico de Cartagena que se encontraba de paso y trataba de hacerle comprender su nuevo estado después de los cincuenta. El Coronel Posada Gutiérrez, con uniforme de gala y un grupo de damas que se arremolinaban para tener el honor de que sus manos fuesen tocadas por los labios del Libertador, se encontraban en la entrada del salón de la casona.

En el momento en que Simón Bolívar hizo su entrada al interior de la sala, Posada Gutiérrez miró a los músicos de una manera convenida previamente y éstos iniciaron la fiesta con una gavota del Gluck, ya programada para música de fondo durante las salutaciones de rigor. Bolívar fue conducido del brazo de la Alcaldesa hasta un ángulo del salón donde habían preparado una pequeña tarima alfombrada para que el invitado de honor pudiese dominar toda la fiesta en sus momentos de descanso. Después del brindis por la salud y la grandeza de El Libertador y la elocuente contestación de éste, el Alcalde invitó a Su Excelencia para que abriese el baile. Bolívar se humedeció los labios con la punta de la lengua, sonrió y se excusó alegando su precaria salud, declinando el honor en la persona del mismo Alcalde, quien se sintió el hombre más dichoso de la Tierra cuando todas las miradas se volvieron hacia él. ¡Nunca había sido tan feliz!, El Libertador lo comprendió así, alegrándose de su elección. El Alcalde, pidiendo permiso al Libertador, tomó por el brazo a su señora esposa y dibujó los primeros pasos de un minueto.

El invitado de honor, desde su atalaya miraba la gran cantidad de flores que adornaban el salón. Las luces chocaban contra el oropel de los uniformes para hacer más vistoso el atuendo militar. La alegría era desbordante… ¡Claro! ¡No siempre se asiste a un baile donde el invitado principal es El Libertador Simón Bolívar!

--Su Excelencia --dijo Posada Gutiérrez al Libertador-- veo que usted se encuentra complacido aun cuando no lo he visto bailar como lo hacía en otros tiempos, cuando incansable amanecía para luego dictarle a su amanuense.

--Es verdad Coronel, pero los tiempos cambian o se van cuando son buenos para no regresar jamás; sólo quedan los recuerdos que avivan la imaginación con los candiles que chispean en los uniformes, la belleza de las mujeres y una copa de buen vino de Burdeos; aunque debo confesar que me siento como si yo fuera el General San Martín.

--No comprendo, Su Excelencia, ¿por lo enfermo?

--No, Coronel --replicó Bolívar--, mi mente me transportó a una noche de julio de 1.822 a un baile inolvidable que me ofrecía el señor Luzárraga en la Casa de Gobierno de Guayaquil. Carmen Garaycoa me coronó de laureles, ¡Qué noche aquella! Carmen y sus hermanas casi me enloquecen. Bailé con todas y todas me amaron; aunque la “Gloriosa” fue algo distinto… ¡una muñeca de porcelana!: frágil, inocente, intocable; ella se merecía un velo y una corona de azahares… Pero volvamos a lo de San Martín: En medio de aquella fiesta realzada por los uniformes, las luces y sobre todo por las mujeres más hermosas de Guayaquil. El champagne y unos músicos incansables, además de un obsequio digno de los dioses, San Martín permaneció toda la noche en una butaca como estoy yo ahora… ¡sentado como un soberano pendejo! mientras contemplo a los demás con una mujer entre los brazos… Y hoy me pregunto: ¿Sabría bailar San Martín?, ¿Estaría tan enfermo como yo ahora?, ¿o simplemente estaría añorando a Rosita Campusano? Es la semejanza que encuentro en este momento entre el General San Martín y yo en este momento. ¡Pero de que aquella fue una noche inolvidable… no hay dudas! En otra ocasión le contaré algo más acerca de la “Gloriosa”.

Juana


--¿Y a ti qué te pasa hoy que traes esa cara?
--No tengo más, ¡el sueldo no me alcanza para otra!

Y fue a sentarse a su lugar de trabajo. Destapó la máquina de escribir y comenzó a revisar la carpeta de “pendientes”, la cual casi siempre se hallaba vacía. La espigada y eficiente muchacha de cabellos rubios y cortos, siempre tenía su trabajo al día. Quizás por eso, entre otras cosas, su jefe le toleraba el mal genio con que a veces comenzaba el día. Con el correr de la mañana, su estado de ánimo iba mejorando.

--Juana María, ese “buen humor matutino”… ¿lo has tenido siempre?
--Todas mis vidas, ésta y las cien anteriores. Pero no es a diario. Sólo después de una noche de recuerdos tormentosos.

Dos o tres veces por semana, Juana María tenía visiones de sus vidas pasadas. Había sido la hija de un cacique Chibcha, en la época de la “conquista”; una esclava israelita en Egipto, antes de Moisés; la esposa de un combatiente francés de la resistencia contra los nazis. Pero la vida que más le atormentaba era la de Salomé, aquella princesa que pidió a su padrastro, la cabeza de Juan el bautista.

--¿De verdad crees en la reencarnación, muchacha?
--Aunque no quisiera creer, casi todas las noches revivo pasajes de otras vidas. Es completamente involuntario y a veces creo que voy a volverme loca.
--Oye, yo en tu lugar vería a un psiquiatra. Digo, para recibir un poco de orientación.

Aurelio, su jefe, le sugería aquello ignorando que, desde los doce años, ella había consultando psicólogos y psiquiatras, que sólo veían en su caso, la posibilidad de trastornos mentales que ella no padecía. Todos partían de la premisa de que eran alucinaciones. Pero Juana estaba segura de lo real de sus visiones y el origen de éstas. Una noche, se despertó sobresaltada, estaba sudando mares y tenía brazos y piernas arañados. En seguida recordó que había estado corriendo por una sabana y luego entró a un bosque, para despistar a sus perseguidores, unos españoles a caballo, quienes ya habían matado a parte de su pueblo e incendiado sus chozas. Al despertar, sentía que le faltaba el aire y estaba realmente fatigada y asustada.
Las situaciones que se le presentaban en sus sueños paradójicos, eran siempre conflictivas, azarosas y, a menudo, peligrosas. Juana María abandonó desde tiempo atrás, la intención de averiguar por qué o cómo le ocurría aquello. Consideró que sería muy tormentoso y finalmente una pérdida de tiempo. Más bien, concentraba su atención en el “para qué”. Es decir, qué beneficio o propósito habría en esas visiones. Tenía la sensación de que había en ellas un mensaje o un aviso subyacente, pero no tenía noción de cómo descifrarlo. Leyó alguna vez en un libro de metafísica, que todos pasamos por diferentes vidas pero no recordamos porque sería un sufrimiento para la vida actual. Pues bien, ella sufría lo indecible.

--Anoche, sin ir muy lejos, me desperté o recuperé la conciencia sentada frente a un pequeño escritorio que hay en mi cuarto, con una pluma en la mano y un papel con algo escrito en francés, lengua que, por supuesto no hablo ni entiendo, mucho menos escribo.
Tenía muchísima sed y un poco de paja entre mis ropas. Imaginarás mi desconcierto.
--Y, ¿recuerdas algo del sueño o la visión previa?
--Sólo que me hallaba vestida con uniforme de soldado del siglo XV, en una celda a oscuras, con muros de piedra muy fría y húmeda; el piso estaba cubierto de… ¡paja! ¡qué horror, Dios mío! ¿Qué me está pasando?

Su jefe le pasaba la mano por la cabeza y los hombros, tratando de darle algún consuelo, pero no atinaba a pronunciar palabra. ¿Qué podría decirle para aliviar ese tormento? Sólo callaba y sufría con ella. La amaba en silencio casi desde el momento de ser presentados. Recordó que en esa ocasión, Juana le miró con un gesto extraño y le dijo que tenía la impresión de conocerlo de antes. “Qué ridiculez, habrás oído eso cientos de veces”.
Semanas más tarde, la chica tuvo una visión: una división del ejército alemán, hizo su entrada en la villa que la cual ella vivía con su esposo. Se abrieron paso con fuego de artillería y una unidad blindada compuesta por dos tanques, destrozó varias casas, la iglesia y el edificio de la alcaldía. Su esposo en un arrebato de furia e impotencia salió a enfrentarlos tana sólo con una carabina. El final es predecible; el pobre hombre fue acribillado en medio de la calle. Murió en los brazos de la inconsolable esposa. Una muerte inútil. Ella vio con horror la cara ensangrentada del mártir. Era la misma de Aurelio, su apreciado jefe. Le atormentaba el no saber si esto era algo premonitorio; si de alguna manera se relacionaba con su vida presente y un posible final futuro para el joven ejecutivo. Había solamente dos puntos de coincidencia. Reconocía al jefe de la resistencia francesa en el rostro de Aurelio, y el nombre de la empresa de seguros donde ambos trabajaban: “Le Monde” que significa en francés, El Mundo, el cual era también distinguía a un diario parisino que veía con frecuencia en sus ensoñaciones. “Qué pesada se nos hace a veces la vida, qué desconcertantes responsabilidades nos pone sobre los hombros. Si sólo pudiera encontrar a quien me tradujera lo escribí la otra noche: Mort à l'anglaise.
Esa mañana, Aurelio fue a buscarla a su casa en vista de que no se presentó a la oficina, tampoco respondió al teléfono lo cual se le hizo muy raro ya que era muy cumplidora de sus responsabilidades, pese a su juventud. Halló un alboroto en las escaleras y ante la puerta de su apartamento; los vecinos discutían confusamente,

--Huele a quemado—decía uno—pero no hay fuego ni humo.
--Igual, llamemos a los bomberos, esa muchacha puede estar en peligro—apuntó otra.

El joven no aguardó ni un segundo y de un formidable empujón, echó abajo la puerta para, con una mueca de espanto dibujada en su faz, vio a su amor secreto, quemada en su cama de madera y a los pies de ésta, una espada con una inscripción grabada que rezaba: d’Arc.

FIN

lunes, 30 de enero de 2012

Memorias Bajo Tierra.


Se abrieron las puertas del vagón, justo después de la señal sonora y la voz del operador anunciaba la llegada a la estación “Plaza Venezuela”. El galán coloquial se apartó con una exagerada cortesía y emulando a un diestro de la tauromaquia, expresó en alta voz: --¡Permiso señores, paso a la reina! Adelante preciosa, bienvenida a ese, su Metro de Caracas. La joven no pudo dejar de sonreír ante la creatividad manifiesta del piropo, y fue a ubicarse en el asiento que muy gentilmente le cedieron de inmediato. Ella desvió la mirada hacia la ventanilla y por efecto del reflejo sus ojos se toparon con los de un apuesto caballero que viajaba de pie. Tenía aspecto como de profesor, y él, tímidamente miró a otro lugar, pero ella se percató de que, a hurtadillas, la miraba con insistencia. Pensándolo bien el rostro de aquel tipo le resultó un tanto familiar y el que la observara frecuentemente pero sin atrevimiento, le hizo creer que a él también le resultara conocida. “Podría ser aquel profesor de Informativo I que tuvimos en la escuela de Comunicación Social. Era muy guapo y todas suspirábamos cuando él entraba al salón de clases”. Trataba de hurgar en sus recuerdos sin volver a mirarlo. “No, no creo, ese profe debe de ser un poco más viejo, quizás unos cincuenta años y este muñeco no llega a los cuarenta; además, aquél era chileno y a la caída del régimen de Pinochet, volvió a su país”. El hombre también, con cierta prudencia a cada bamboleo del tren, la veía de soslayo a través del vidrio. “¿De dónde conozco a esta muchacha?; la verdad, es muy bonita, pero lo que me llama la atención es que le hallo un aire como si la conociera de antes”. Decidió dedicar su atención, a otras cosas que tenía en mente y para él eran más importantes, abandonando la idea de que la chica le recordaba a alguien. Sin embargo, pese a su voluntad. “Me parece que es aquella secretaria que tuvo mi hermano Luis Alfredo en su consultorio de la clínica Luis Razetti. No, no puede ser, esa era más joven, tal vez unos veinte años a lo sumo, y esta pudiera tener algo más de treinta.” Ambos sabían, aunque inconscientemente que a veces no recordamos algo o a alguien porque sencillamente nos bloqueamos, sin que nuestra voluntad intervenga. Ese bloqueo puede derivarse, a veces, de una experiencia negativa, dado que la memoria es selectiva. De los millares de eventos que a diario percibimos en nuestro entorno, sólo damos cabida a una porción, y más pequeña es la parte que solemos recordar. Ocasionalmente, resulta ser hasta un poco de temor, sí, miedo a recordar una realidad que, tal vez, nos hirió de algún modo. “Ah, ya sé. Aquel pretendiente que tuvo mi hermana Mariela, quien estuvo solo un par de veces de visita en casa y después resultó casado y con tres hijos. ¿Cómo es que se llamaba... Cordero, Córdoba, Cordido. ¡Sí, Rogelio Cordido! Y era gerente de finanzas de un banco nacional. Tampoco, se le parece mucho pero Cordido era más alto y delgado. No, no es él. Pero no deja de mirarme, seguramente se estará preguntando también de dónde me conoce. ¡Qué cómico!” el hombre optó por descartar los esfuerzos para recordar a esta dama. “Posiblemente se trata de una actriz de segunda o una modelo. Alguien cuyo rostro he visto por azar y nadie a quien conozca personalmente. Pero me ha mirado varias veces. Apostaría a que tiene la misma sensación que yo. ¡Sería gracioso!, no creo ser ningún papacito como para gustarle tanto.” El operador anunciaba la llegada del tren a la estación “Capitolio”, una de las más concurridas de la línea 1, por lo que muchos pasajeros se aprestaban a descender. Entre esos se hallaba él, quien avanzó un poco hacia las puertas del vagón, cuando por casualidad, la bella morena se levantó de su asiento, con la misma inequívoca intención. Se ubicaron ambos frente a frente, ahora sin reservas, se miraron fijamente y de tan cerca que los dos pensaron simultáneamente: “Mmm, qué lindos ojos. ¡Y qué bien huele!”. Sonó la alarma y las puertas automáticas abrieron paso a la muchedumbre que, apretujadamente, comenzó a salir. La joven se le perdió de vista unos instantes, para luego aparecer subiendo por una de las escaleras mecánicas, desde donde le dirigió una sugestiva mirada. Después de eso, la vio caminar con un gracioso contoneo a lo largo del pasillo intermedio, para finalmente desaparecer por el torniquete. “¡Ah, ya! Es Maite, la que estudiaba Comunicación Social en la U.C.V. cuando mi primo Alejandro, vino desde Chile a dar unos seminarios allí.” Terminó de subir la escalera, miró a ambos lados del pasillo. Para cuando el franqueó el torniquete, ya la chica había ganado la calle, y no la vio más.

domingo, 29 de enero de 2012

La Tripona


Héctor Estrada Parada
Venezolano

--¡A mi papá se lo dijo cuando venga, tú vajavé, gran carajo!
--Tan bonita y tan grosera, lástima que se perdieron esos potes de leche. – le dijo Cirilo desde una esquina.
--Qué potes de leche ni qué niño envuelto, piazo ‘e gafo. A mí me criaron fue con pura teta.
Se llamaba Berta, tenía catorce años y un genio del demonio. Su padre estaba preso desde hacía once años y ya a punto de salir. Había matado a un hombre a puñetazos porque, borracho en un bar, le tocó el culo. Berta iba a la escuela en las mañanas y por la tarde ayudaba a su mamá con los oficios de la casa y a repartir los bollitos y cachapitas de maíz jojoto, que los vecinos le compraban por encargo.
Cirilo era un vividor que se había criado en el barrio, pero que al hacerse hombre, se dedicó a “chulear” a viejas con plata, por el este de la ciudad. Decían que vivía con una veterana actriz de televisión. De vez en cuando pasaba por la casa materna para, como él mismo decía, no perder sus raíces.
--¿Y entonces qué primita, cuándo te animas a echarte un baño y ponerte ropa limpia para dar un paseíto conmigo en mi nave? – dijo señalando con los labios en punta, al reluciente Galaxie 500, 1962, recién sacadito de la agencia.
--Mira Cirilo, yo no soy prima tuya ná’. La mae tuya es mi madrina de confirmación y hasta ahí. Además tú tienes muy mala fama por aquí, y si me ven siquiera hablando contigo, mi buena cueriza que me dan. Así que ¡zapatea pa’ otro lao!
--Bueno, de todos modos, tú solamente eres una tripona. – dijo como en “La Zorra y las Uvas”
--¡Tripona será tu agüela desgraciao!
Siguió su camino a la mamá el producto de la venta de esa tarde; Berta sabía lo que buscaba Cirilo con ella. A pesar de su juventud, conocía más de la vida que la mayoría de las muchachas de su edad. Un hermano de su padre, quien venía a casa con frecuencia, se había encargado de aleccionarla desde hacía unos dos años. Les traía a ella y a su madre, frutas, pollo y otros comestibles. También traía unas cervecitas y el último disco de moda, para “alegrarles un poco la vida”. Se quedaba todo el fin de semana y por las noches, se acercaba al cuarto de Berta para arroparla, como cuando estaba chiquita y darle un besito de buenas noches; solo que de un tiempo acá, se lo daba en la boca y mientras lo hacía, le acariciaba el cuerpo con sus huesudas y callosas manos. Al principio, Bertica lo dejaba hacer por pura inocencia, pero ya después empezó a gustarle que su tío la tanteara en lo oscuro de la pieza. No sabía por qué, pero entre semana extrañaba las buenas noches de Anselmo. Mentira, sí sabía y al acostarse, ella misma sobaba sus muslos y vientre, como lo hacía él, hasta que después de un rato se quedaba dormida, luego de un profundo suspiro y ahogando los gemidos y estremecimientos con la almohada.
Un sábado en la tarde llegó Anselmo con una mala noticia para la madre de Berta.
--Tu marido se metió en un peo allá en la Modelo. Parece que hubo un motín o algo parecido y lo involucraron en la trifulca. Ahora le van a dar dos o tres años más, porque ique le dio unos carajazos a un guardia.
En su fuero interno, Berta se alegró, ya que si su padre hubiese salido de la cárcel, los escarceos de su tío Anselmo se pondrían más difíciles. Esa noche…
--Berta, Bertica mi amor, hoy tú también deberías tocarme a mí un poquito. – le decía en susurros el tío, mientras le llevaba la mano de ella hasta la bragueta abierta.. Anselmo se estaba cansando de desahogar las ansias de su piel con la mamá de Berta, al salir excitado del cuarto de la niña. Ahora quería avanzar un poco más con su sobrina, quien definía formas día tras día y se estaba poniendo más “sabrosita”. Además, esa noche su cuñada estaba más borracha que de costumbre y ya dormía.
Cierta tarde, al día siguiente de su cumpleaños diecisiete, Berta paseaba por el barrio enseñándole a unas amigas el vestido y los zapatos que le había regalado su tío Anselmo, cuando apareció Cirilo haciendo alarde de su nuevo Thunderbird ’65.
--Hola Tripona, ¡qué bonita estás hoy!
--Gracias don Cirilo, usté siempre tan caballerosiento.
--¡Guá! ¿y de cuándo a dónde tú tan simpática conmigo?
--Bueno, es que ya soy una mujer y la antipatía contigo, eran puras niñerías mías. ¿O es que no se me nota que soy una mujer?
--¡Sí…rilo me llaman!, claro que se te nota Tripona. Por eso te digo qee andas muy bonita.
Al chulo se le alborotó la testosterona al mil por uno. No contaba con esa reacción de Berta, a quién le tenía ganas desde hacía años.
--Esa nave me gusta más que la otra. – dijo Berta con inusual coquetería.
--Ah, entonces ¿en esta sí darías un paseíto conmigo?
--¡Sí…rilo te llaman! – dijo la muchacha riendo a mares y subiéndose al carro.
Tiempo después andaba “Bertica” por el barrio saludando a las amigas, cuando una de ellas le preguntó:
--¿Y ese carajito, Berta?
--¡Guá!, este es Cirilo Anselmo, mi tripón.

FIN

El Amor según Yo.

"El amor es un fenómeno aprendido aunque quizás muchos de nosotros no estemos satisfechos con el modo en que lo hemos aprendido. Como seres humanos experimentados, debemos creer en una cosa por encima de otra: el cambio. Y por lo tanto, si no nos gusta donde estamos con respecto al amor, si no nos gusta el escenario en el que nos encontramos, si no somos felices, si nos sentimos solos, si nos parece que no sucede nada podemos cambiar y crear un nuevo escenario. Debemos pintar un nuevo decorado. Rodearnos de actores nuevos. Y si la obra no es buena, insistiremos y escribiremos otra. Hay millones de obras, tantas como personas. Sabemos que el amor es algo que necesitamos, algo que buscamos constantemente y sin embargo, no se nos enseña. Se supone que nos llega por y a través de alguna fuerza misteriosa de la vida." "El amor no es un producto que pueda negociarse, comprarse o venderse, tampoco podemos obligar a amar u obligar a otros a que nos amen. Sólo puede ser dado en forma voluntaria. Muchas personas se ofrecen en venta, en cuerpo y mente, en nombre del amor. Pero se engaña a sí mismo quien cree que puede comprar el amor. Puede comprar el cuerpo de otro, o su tiempo, sus posesiones terrenas, pero nunca comprará su amor. Se puede optar por fingir amor a cambio de un precio determinado. Se trata de un arte dramático que muchos han perfeccionado al punto que resulta imposible descubrir el engaño. Pero este jugar al amor no es fácil. El costo es grande y nunca recompensa lo suficiente." "El amor no puede ser encerrado o encadenado. El amor se diluye entre las cadenas. Si el amor desea seguir otro curso, se va; y todas las prisiones, guardas, cadenas u obstrucciones del mundo no son suficientes para retenerlo ni por un segundo. Si un ser humano ya no desea crecer en el amor con otro ser humano, el otro puede desempeñar varios papeles para retenerlo. Puede convertirse en un villano y amenazarlo; puede volverse generoso y ofrecer regalos; puede convertirse en un intrigante y hacerlo sentir culpable; puede ser astuto y trampearlo para que se quede o puede cambiar su propio “yo” para satisfacer las necesidades del otro. Pero a pesar de todo lo que haga, el amor del otro se ha ido y sólo recibirá a cambio de todos sus esfuerzos, un cuerpo vacío, sin vida y sin amor. Aunque esto nos parezca repugnante, muchos lo hacen por seguridad, fama o fortuna. La dinámica resulta aún más grotesca cuando se comprende que esta relación sin porvenir impide al enamorado un crecimiento constante. El amor es tener siempre los brazos abiertos.Con los brazos abiertos el amor puede ir y venir a su voluntad, libremente, pues lo haría igual de todos modos. Si cerramos lo brazos alrededor del amor descubriremos que hemos quedado solos, abrazándonos a nosotros mismos."

un romance: Yo Quisieera.

Quisiera pintar la rosa
con el rubor de tus labios.
Quisiera pintar el día
con la luz de tu mirada.
Quisiera pintar el cielo
de alguna noche estrellada
con el negro de tus ojos
y el oro puro de tu alma.

Quisiera, Niña, que el mundo
de tus dones se copiara,
de tu sonrisa las perlas,
la blancura de su nácar;
de tu voz las caracolas
sus tonadas de guitarra;
y del carmín de tu boca
las amapolas del alba,
los fulgores encendidos
de un corazón escarlata,
y que en este cumpleaños
sus caritas sonrosadas
empapadas de rocío,
con tu aliento se embriagaran.

Quisiera, amor, escaparme
en el vuelo de un sarmiento,
de la realidad del mundo,
para así vivir el sueño,
que desde antes de nacer
me acompaña en lo profundo
de mi alma soñadora
y contigo hacerme uno.

Quisiera tener mil oros,
para comprar un velero,
y navegar por los mares
de tu hermosa cabellera
y que al final de mil siglos
de dichosa travesía,
atracar allá en el puerto
de tu generoso pecho.

Quisiera que un beso tuyo
me transportara tan lejos,
que la estrella más lejana
nos pareciera a la mano;
y regresar de ese viaje
por ignotos corredores,
con el alma florecida
y entregarte mis amores.

Héctor Estrada Parada.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Vida no me des más golpes

Vida no me des más golpes
Ya no puedo más.
Que los recibidos
Son ya suficientes.

Vida no me des más golpes
Apunta a otro lado.
¿O es que no hay más nadie
A quién castigar?

Vida no me des más golpes
Ya no tengo donde
Recibir descargas,
De tu ira ciega.