viernes, 23 de marzo de 2012

El Catire del 17.



Cruz Daniela se sentía agotada. Eran casi las diez de la noche; a las once terminaba su guardia en el Hospital Universitario. Era la segunda del día, trabajaba de siete de la mañana a tres de la tarde en una clínica privada. A veces la dejaban salir unos minutos antes para que llegara a tiempo a la del hospital, que por suerte, quedaba cerca. Comenzaba a hacer su última ronda, aplicando tratamiento a los pacientes de aquel piso de Medicina III; dejó para el final al muchacho del cuarto privado número diecisiete. Ese a quien iban a operar dentro de tres días de un pequeño tumor cerebral. Nada serio, casi rutina. Se trataba de un joven de casi dieciocho años, estudiante de quinto año de ciencias y que aspiraba a entrar a la universidad para estudiar medicina y también, por ser un aficionado al canto muy talentoso, quería pertenecer al Orfeón Universitario desde el momento en que pisara “la casa que vence las sombras”.
--¿Qué hace todavía despierto mi catire?, mire que lo van a llevar muy tempranito mañana a Rayos X para hacerle una tomografía de esa cabezota.
--Hola Crucita, te esperaba para darte las buenas noches y entregarte estos versos que te escribí hoy por la tarde, para que cuando los leas te convenzas de cuánto te quiero.
--Ay mi niño bello, ya debes dejarte de eso. Yo soy para ti una enfermera y tú mi paciente favorito, pero no más de ahí.
--Pero tú me gustas mucho y me tratas muy bien, yo también te gusto ¿no? Además, voy a ser doctor y como tú eres enfermera, ya tenemos el mandado hecho.
--Puede ser que me gustes, pero yo soy una vieja para ti, ¿No te das cuenta? Tengo veintidós y tú diecisiete. Voy a tener que acabar de criarte.
--Me conformo con que me amamantes cada noche, cuando nos casemos –le dijo el chico dirigiendo una sugestiva mirada al generoso busto de la enfermera.
--Ja, ja, ja, qué tremendo estás hoy catirrucio. Para eso no haría falta que nos casásemos. Solamente con que fueras mayor de edad, para no verme en problemas con la “LOPNA”.
--Entonces no hay que esperar mucho. Cumpliré los dieciocho dentro de una semana.
--¿En serio papito? Felicitaciones adelantadas. Ojalá que tu postoperatorio sea rápido pa’ que puedan cantarte tu cumpleaños feliz en casita.
--Sí, ojalá- ¿Y qué tal si esta noche me das un besito de regalo anticipado? La hermosa morena volvió la mirada hacia la puerta para verificar que no hubiera a nadie y se acercó al joven.
--Tá` pago, un besito de adelanto pa’ que duermas y sueñes conmigo.
Tomó la cara del catire entre sus manos, lo miró fijamente a los ojos y después de un significativo suspiro, le dio un tierno beso en los labios. En serio el catire le gustaba pero se interponía la diferencia de edades y la naturaleza de su relación. Al separarse, él retuvo su mano.
--Te di ya el besito, es más de lo que aconseja la prudencia. –le dijo ella con ternura.
--Si me llega a pasar algo malo en la operación, prométeme que me vas a recordar siempre.
--A caballero, vamos por partes: primero: no te va a pasar nada que no sea curarte. Por otro lado, no podría olvidar a alguien tan especial para mí. Cuando salgas de aquí, no vamos a ver el primer día libre que tenga y lo voy a pasar completico contigo. Voy a darte el mejor regalo de cumpleaños que te hayan podido hacer en toda tu vida. Hasta mañana, ¡y dame mis versos!, los leeré
--¿Sabes? Cuando te vea fuera de aquí va a ser muy extraño para mí, porque estoy acostumbrado a verte con tu blanco uniforme. Luces preciosa con él.
Cuando llegó a su casa, rondando la media noche, encontró una nota de su hermana, con quien compartía la vivienda; en la nota le decía que estaba donde la vecina, esperando una llamada de casa de sus padres, en La Victoria y que regresaría pronto. Desabotonó su uniforme y se tendió y se tendió en la cama a descansar un poco y soñar despierta. Recordó los versos y sacó el papel de su bolso, leyó:
R,r,r. (eres)
Eres en mi vida
como la clara mañana en que nací.
No la recuerdo,
pero al verte la imagino.

Eres como la luz,
que el ciego intuye
y ansía ver,
así goza de colores
que sólo puede adivinar.

Eres mi estrella Polar,
mi guía, creo que sin ti,
perdería el rumbo
en el mar de la vida;
y más que a ella… ¡te amo!

Se colocó el papelito en el pecho y cerrando los ojos, suspiró. “¿Qué me está pasando con ese carajito?”. Lo que comenzó como un coqueteo inocente, más por simpatía, se estaba transformando en una atracción realmente fuerte. Sobre todo después de haber rozado sus labios; en ese instante sintió un estremecimiento como nunca antes; ni con los dos únicos novios que había tenido, allá en su pueblo natal.
La hermana la sacó de su ensoñación; llegó urgida con noticia de que su papá había sufrido un infarto y, que a pesar de hallarse bien atendido, sobre todo a tiempo; y haber sido ingresado en un centro asistencial, aún su estado de salud era delicado en extremo. Partieron casi enseguida con un primo de ellas, que también vivía en esa población y tenía carro. Por añadidura era ahijado del señor y por lo tanto le afectaba la novedad. Ya en la mañana, Crucita se comunicaría a sus dos empleos para obtener los correspondientes permisos. Durante el corto viaje, lejos de pensar en su padre, se sentía conturbada con la imagen del catire y el recuerdo del suave beso que se dieron. Miraba a lo lejos y sentía hincharse su pecho, por la emoción que le producía el sólo pensar en el presente de cumpleaños ofrecido. ¡Lo deseaba!, era una locura, pero deseaba al muchacho.
En las siguientes setenta y dos horas, ya su papá estaba fuera de peligro y Cruz ansiaba la hora de regresar al hospital, para ver a su catire. Apenas tuvo tiempo para ponerse el uniforme que tanto le gustaba a él y llegar al puesto de enfermeras del piso 5, para preguntar:
--¿Y mi catire del 17, cómo está hoy?
--¿No te has enterado Crucita?, el doctor Arizmendi lo operó esta mañana y cuando salió del quirófano, nos dijo con la voz entrecortada y lágrimas en los ojos: “Lo perdimos, ¡Santo Dios!, lo perdimos, no resistió la operación…”


Aunque lo dude… FIN.

sábado, 17 de marzo de 2012

El Huésped Misterioso



En Macuto, muy cerca de la Plaza de las Palomas, las vecinas que iban a comprar los comestibles para el almuerzo, chismorreaban como era habitual. Pero esa mañana hasta los comerciantes de la vereda adyacente al balneario, se sumaron a la tertulia.. el doctor de la farmacia, mientras abría, preguntó a su vecino, el de l atienda deportiva, donde los fines de semana los vacacionistas adquieren rollos para fotografía, salvavidas de patico para sus hijos pequeños y el traje de baño para la adolescente que a última hora dejó olvidado.
--Don Ricardo, ¿Cuál es el cuchicheo que se traen hoy por el pueblo? ¿Es que cayó el gobierno?
--No doctor, bueno, todavía no ha caído, pero dicen que falta poco. Los comandantes de la aviación, según dicen por ahí, que van a alzarse porque están comprometidos hasta el cuello. Desde Maracay y que van a bombardear al “tarugo” en Miraflores. Pero eso no es la novedad de hoy, sino los nuevos huéspedes del hotel “Miramar”
--¿Y cuál es el motivo del alboroto? Todos los fines de semana llegan huéspedes nuevos allí, eso no es noticia. ¿O es que llegó Natalie Wood? Porque si es eso, ¡cierro la farmacia y me voy pa’llá!
--Eso es lo raro, que no se sabe quien es. Pero debe de ser todo un personaje, digo, por los carros y la escolta que traía esa gente; y todo el misterio de la llegada. Fíjese que arribaron a las tres de la madrugada en medio del mayor sigilo.
En eso, intervino el italiano de la heladería de al lado.
--¡Ma!, ¿y qué querías tú? ¿Qué llegaran a esa hora cantando el Acto III de “La Traviata”?. Se agradece que no haga ruido In questo momento del mattino, ¿no?
El caso es que, según se comentaba en los run runes parroquiales, de madrugada, mucho antes de que cantaran los primeros gallos –porque en el litoral, también hay gallos-. Llegó un enorme Cadillac Fleetwood limousine negro, lleno de fulanos, como de seguridad, pero vestidos de traje y corbata negros. Detrás venía un Mercedes Benz 600 con los vidrios oscurecidos. Por supuesto, de todos modos a esa hora no se veía nada.
--Una de las viejas chismosas de la casa de enfrente del hotel, dijo que por casualidad se asomó a la ventana porque tenía que tomar un medicamento, y vió descender del Mercedes a un hobre alto, con sobretodo, sombrero de hongo y guantes negros. Claro está, no divisó con claridad por tanto andaba somnolienta y sin sus anteojos, pero el tipo parecía como de cuarenta años y usaba un bastón de más de un metro con empuñadura de oro al igual que la leontina que le cruzaba el chaleco gris. ¿Qué tal que hubiera llevado los lentes la doña? Pa’ barato le saca una radiografía del tórax –agregó don Ricardo soltando una disimulada risita.
--Ah, pero tienen razón .agregó el farmacéutico-, no todos los días recibimos por aquí a “moinsieur Le comte de Monte-Cristo” resucitado. Oye, y ¿a esta hora de la mañana, quien creen los vecinos que pueda ser el personaje?, Digo yo, que por casualidad se haya enterado alguno.
--Unos dicen que es un millonario excéntrico que viene de París a tomar los aires cribeños por prescripción médica –informó Ricardo.
--Bueno amigo mío, eso suena redundante porque millonario que no es excéntrico, no es millonario. ¿Y qué otra versión circula? Porque de seguro que hay varias.
--Penso che sia un conte italiano, scusa, in spagnolo, creo que es un conde de la Italia –dijo con visible orgullo patrio-, que vino a pasar un tempo mientras le redecoran il suo palazzo. Lo que no capisco, é perche no anda en una Maserati.
Don Ricardo volvió a la carga:
--La señorita Ramona, la solterona de la esquina, jura que el fulano es un asesor que le mandó el General Perón al presidente pa’ que lo ayude a estabilizar la situación política del gobierno. Y puede que tenga algo de razón, porque dijeron en la radio que el Super Constellation que venía de Buenos Aires, fue retenido por horas en la aduana de Medellín y llegó a Maiquetía pasada la una de la madrugada.
--¡Caraaajo! No te gusta el chisme, pero cómo te entretiene. Mira, dime una vaina, y ¿de equipaje qué? Recuerda aquello de “por la maleta se saca al pasajero”.
--¿Dos baúls y cinco mletas!, aparte de un estuch como de violín, que lo cargaba un mayordomo con mucho celo –Apuntó Ricardo con mucha seguridad.
--Entonces, nuestro visitante, sencillamente, es un concertista famoso, que de seguro viene a tocar en el Municipal con la Sinfónica de Venezuela. ¿No es más lógico?
Al grupo que chismorreaba, le llegó el mdiodía csi sin ocuparse de sus labores, sino del misterioso visitante.. entretanto, Arcadio, el policía de punto,se hacía lustrar los zapatos muy cerca del malecón, a la sombra de una Coccoloba uvifera, dicho en criollo, un uvero de playa.
--¿Y qué negrito, qué se cuenta poráhi?
El limpiabotas, sin perder la concentración en su trabajo le respondió:
--Guá, no mucho. En el hotel “Miramar” quique se rompió una tubería a media noche y como a las dos y pico ‘e la madrugá, tuvo que venir Lorenzo el plomero de La Guaira, con impermeable y todo, y una llavezota así de grande –soltó el trapo y el cepillo para separar las manos más de un metro-. Ah, y de paso, que jue raro, porque en vez de la camioneta que siempre carga, le dio la cola el tipo de la funeraria que es amigo de él, y de paso le ayudó traer la caja de los yerros.

miércoles, 14 de marzo de 2012

La Estrella de Belén


Era la víspera de Navidad. Aquel hombre había tenido una linda cena de Nochebuena con dos de sus hijas, quienes declinaron otras invitaciones y preferido pasar esa hermosa y significativa fecha con su viejo, sin imaginar que con ello le hacían inmensamente feliz. Él vivía sólo en lo alto de una montaña desde donde se divisaba, a lo lejos, la ciudad. Los tres se acercaron a un recodo del camino para deleitarse con la vista de los fuegos artificiales. El espectáculo era magnífico, para quien disfruta de las cosas sencillas. Y ellos son de esa especie en extinción. La mayor de esas muchachas, escribiría en su diario, que había estado esperando la llegada del niño Jesús con su padre y su hermanita, en una noche buena “feliz y en paz”. De ponto, poco antes de la medianoche, una brillante luz en movimiento llamó la atención del pequeño, pero unido familiar. Padre e hijas miraron al cielo y vieron con gran asombro y complacencia, el breve pero maravilloso desplazamiento de una enorme estrella fugaz de tonalidades verde, azul y violeta. Todos sintieron que por el grande y puro amor que se profesaban, recibieron como presente del Creador, el haber visto esa noche a la estrella de Belén.
Héctor Estrada Parada.

domingo, 11 de marzo de 2012

El Catirito y el Cantor




Héctor Estrada Parada.

Los amplísimos pasillos y los extensos jardines de la Ciudad Universitaria, representaban para aquel catirito de once años, más que un formidable parque de juegos. Era su universo todas las tardes y parte de la noche. Él acompañaba a su mamá, quien estudiaba Trabajo Social. Una que otra vez, el rapaz se colaba en el salón de clases para ubicarse muy callado y atento en uno de los pupitres de la última fila. Pese a su corta edad, aquellos casos en que “asistía” a clases asimilaba extraordinariamente lo que veía y oía. Muchos años después recordaría lo que aprendió sobre la desviación estándar y el muestreo y la tabulación de resultados en una encuesta en las clases de estadística. Tampoco olvidaría lo que con singular interés siguió acerca de la Psicosis de KorsaKoff, enfermedad asociada al alcoholismo, cuyas explicaciones daba magistralmente el doctor Orellana titular de la cátedra de Psico-patología. Igual atención ponía el muchacho a las clases de Sociología Rural y Psicología. Como gozaba de libertad para no entrar al salón, a veces sólo vagaba por loq que, para él, era la inmensidad de aquellos espacios. Estudiantes de Ingeniería le ayudaban con sus tareas de matemáticas. Lindas muchachas le obsequiaban chucherías y meriendas en los diferentes cafetines. A diario cultivaba nuevas amistades, incluidos los vigilantes, quienes una vez tuvieron que corretearlo por el techo del Aula Magna, en vista del peligro que el mismo niño corría. Cierta tarde en la que, trepado a un gran flamboyán se divertía arrojando desde lo alto, puñados de hojas y flores a la cabeza de los paseantes. Un joven moreno, de pelo recio y barba, quien deambulaba con un cuatro en la mano le preguntó quién era y con quién andaba, preocupado por el muchacho que desde hacía varias horas andaba solo por los alrededores. Le invitó a bajar del árbol para conversar un poco. El catirito le pidió que le mostrara su cuatro.

--No sólo te lo muestro, hasta dejaré que lo toques.
--Ah, bueno, así sí me bajo. –dijo el carricito mientras descendía—Yo me sé algunos tonos, ¿sabes?
--¡Qué maravilla!, entonces tócame una canción –dijo, entregándole el instrumento e invitándole a que se sentaran juntos en la grama.
El catirito estaba encantado de pulsar algunos arpegios en el cuatro de su nuevo amigo.
--¿Cuéntame qué te gustaría estudiar cuando grande?
--Ingeniería, pero también me gusta la música. Cantar y tocar, ¿y tú qué haces, también eres músico?
--Mi vida son la Patria y la música. Oye dentro de una hora me reúno con unos amigos ahí en el Aula Magna para cantar unas canciones. Te invito, ¿quieres ir?
--Sí vale, me gustaría mucho.
Hablaron de la Patria, de Bolívar, de libertad, de los sueños. Y de los sueños de libertad en la Patria de Bolívar. Al cabo de una hora, más o menos, el catirito, a quien se le abrían todas las puertas de la UCV, se hallaba sentado en una de las gradas del enorme y emblemático auditorio, el cual estaba a reventar. Cientos y cientos de estudiantes se dieron cita para escuchar a dos personas que le cantaban a Latinoamérica con toda su alma. Un joven estudiante se paró en el centro del escenario y anuncio:
--¡Compañeros! El centro de estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, tiene el gusto y el honor de presentar esta tarde a: ¡Mercedes Sosa! Y al cantor del pueblo… la formidable ovación no dejo escuchar más nada, manifestando un mismo sentir y una misma emoción, que poco a poco fue dando paso a los primeros acordes:
El lagrimear de las cumaraguas,
está cubriendo toda mi tierra,
piden la vida y le dan un siglo
pero con tal que no pase nada
en mi tierra mansa,
mi mansa tierra.


Aplausos, gritos y más aplausos. El catirito sintió como se le paraban todos los pelos del cuerpo.

sábado, 10 de marzo de 2012

EL CHOLAZO


Heriberto se impacientaba porque el tránsito en la larga y estrecha callejuela, estaba más denso que de costumbre. Iba retrasado y tenía un importante examen de estadística en la universidad a la primera hora de clases. El profesor Nicodemo era muy estricto, sobre todo en cuestiones de horario. Ya se veía con un punto menos por el retardo. “¡Ñuélam…! Encima, este perol fallando”. En efecto, el cacharrito casi se le apagaba, tenía que estar acelerándolo para poder avanzar de a poco. En una de esas rabietas, aceleró fuertemente y escuchó un golpe seco en el frente del carrito. Como éste siguiera funcionando y no vió nada significativo, prosiguió. Sólo después de clases, se percató, por un condiscípulo suyo quien llamó su atención, del boquete que tenía la tapa del motor.
--¡Cóño chamo!, ¿y eso qué fue?, parece como si le hubieran dado un machetazo al capot de tu carro.
--¡Vértica, es verdad! Qué rraro. No sé que pudo causarlo.

De pronto recordó el ruido de la tarde y decidió abrir el cofre para revisar. Entre los dos miraron y remiraron.
--Compinche, lo único fuera de lugar que veo aquí dentro, es que le falta una parte al aspa del ventilador.
--Sí ho…, y como es tan viejito el pòbre cagajón, no tiene nada de anormal que se esté despedazando solo.
Camino de su casa reflexionó sobre la reacción que tuvo por el congestionamiento de tráfico y la falla de su vehículo. Permitió que la ira lo impulsara a hundir la “chola” más de la cuenta, lo que ocasionó el desperfecto en el carrito. “Pudo haber sido peor”, pensó.
Al otro día, llegó a su hogar y antes de ducharse para luego cenar e irse a dormir, quiso darle una hojeada al diario vespertino. Empezó, como siempre, de atrás adelante. Apenas miró la página de sucesos, se dejó caer sentado en un sillón como hipnotizado, con la mirada en ninguna parte. El periódico cayó al piso.
--¿Qué pasa m’hijito, por qué te pusiste tan pálido?
Su madre no recibió respuesta alguna. Recogió el diario y leyó:

En extrañas Circunstancias
FALLECE HOMBRE EN LA AVENIDA PANTEÓN
La policía informó que el infortunado se hallaba en el balcón de su apartamento, cuando fue derribado por un trozo de metal que inexplicablemente le golpeó a gran velocidad. El artefacto le destrozó la garganta produciendole la muerte de manera instantánea.
Héctor Estrada Parada.

martes, 6 de marzo de 2012

“El Bolívar que pocos conocen”


“El Bolívar que pocos conocen” (1)

Héctor Estrada Parada


El jueves 10 de julio de 1.830, veintitrés días antes de su cumpleaños número 47 y pocos meses antes de su encuentro con la inmortalidad, se hallaba El Libertador en Cartagena, su muy querida Cartagena de Indias. Había amanecido fresco y agradable ya que una llovizna, iniciada en la madrugada, caía blandamente, obligando a los cartageneros a permanecer en sus moradas. El Libertador, al igual que ellos, sintiéndose incómodo por la humedad, también decidió descansar ese día. Después del desayuno se puso a caminar por los corredores de la casa, para luego decidirse por un libro y escogió uno de su preferencia. Su portada indicaba que había sido leído muchas veces y eso mismo pensó él cuando lo tuvo en sus manos; mas su lectura lo hacía descansar y se metió en la hamaca para leer. Lo abrió al azar, en medio de sus páginas, sin importarle dónde e inició la lectura: “… ¡Cuán rápidamente pasamos sobre esta tierra! El primer cuarto de la vida transcurre antes de que se conozca el uso; el último cuarto pasa enseguida que se ha cesado de gozar de él. En un principio no sabemos vivir; muy pronto no podemos hacerlo ya; y en el intervalo que separa estas dos extremidades inútiles, los tres cuartos del tiempo que nos queda son consumidos por el sueño, por el trabajo, por el dolor, por la obligación, por preocupaciones de todas clases. La vida es corta, menos por el escaso tiempo de duración que porque de este poco tiempo no tenemos casi nada de él para gustarlo. El instante de la muerte aunque esté muy alejado del nacimiento, hace la vida siempre demasiado corta cuando este espacio no se ha llenado de modo conveniente…”

El Libertador se quedó pensativo con el libro entre las manos… de nuevo leyó el mismo párrafo. Ya inquieto se paró de la hamaca y colocó el libro abierto, con las páginas hacia la tabla de la mesa para no perder la hoja leída por segunda vez. ¡Algo de la lectura lo había inquietado! Caminó por la habitación cuan larga era en ambos sentidos; tomó de nuevo el libro, le miró el título.

--¡Sí, es el Emilio!

Se quedó un rato pensando y moviendo la cabeza.

--¡Cómo es posible que jamás hubiese reparado en el contenido de este capítulo! ¡Debe ser que hoy lo estoy leyendo con más tranquilidad y en condiciones distintas! A lo mejor pensé al leerlo, en otras oportunidades, que todo esto era aplicable a los demás; pero ya veo que a mí también me cuadra perfectamente.

El Libertador levantó el libro de la mesa y nuevamente se hundió en la hamaca con él, se impulsó con los pies en el suelo para mecerse y de nuevo leyó por tercera vez aquel capítulo que tanto le había intrigado y se dijo:

--¡En verdad, que el primer cuarto de mi vida transcurrió sin que yo hubiese conocido lo que es vivir… ¡Huérfano a los nueve años, sin padre ni madre. Hostigado por el tuerto Sánz; acosado por el padre Andújar; don Guillermo Pelgrón; el doctor Vides y por último Andrés Bello, que nunca me quiso ni de niño ni de hombre, total ¡Huérfano de padre, de madre y de afectos! Luego me entregaron a Simón Rodríguez, éste al menos, hizo mi vida más placentera en San Mateo. De él aprendí los conceptos de la libertad, los derechos del hombre y la división de los poderes; también me enseñó a nadar y seleccionar los alimentos; me obligó a leer las “Vidas Paralelas” de Plutarco y me hizo conocer a este libro que lo he tenido toda la vida en mis manos y hoy me tiene cavilando… ¡Mas, qué poco duró todo aquello! Cuando ya me sentía bien y mi afecto por Simón Rodríguez empezaba a crecer, éste tuvo que salir huyendo de Venezuela a llamarse Samuel Robinson en tierras extranjeras y para desgracia mía, volví a caer en manos de mis tíos, quienes inmediatamente se desprendieron de mí… ¡Claro, les estorbaba! Y me enviaron a las Milicias de los Valles de Aragua, de donde salí más tarde con el grado de subteniente. Llego a Caracas, me enamoro y recibo mi primer desengaño. Luego mis tíos Feliciano y Carlos me montan en la goleta San Ildefonso, me recomiendan a su Capitán, don José Borjas y éste me afloja en España… ¡Aunque todo no podía ser tan malo! Allá tuve la suerte de conocer al Marqués de Ustáriz y al oírlo hablar me doy cuenta de mi ignorancia… ¡Yo no sabía nada de nada!, no sabía ni escribir… ¡Qué vergüenza! ¡Cuánto le debo a Ustáriz! Él, viéndome incómodo y angustiado por ser tan ignaro, se compadeció de mí, me dio algunos conocimientos y luego me buscó los maestros que necesitaba en matemáticas, literatura, historia, filosofía, danza, esgrima y otras cosas. También aprendí en su casa, las ideas de la Revolución Francesa y para que no faltase nada, fue en su casa donde conocí a María Teresa, nos casamos y a los pocos meses ya era viudo. Así pasó, no la cuarta parte de mi vida, sino la tercera… “¡Cuán rápidamente pasamos sobre esta tierra!”. ¡El primer tercio de mi vida pasó sin que yo la conociera ¡Luego regreso a Europa joven y rico, sediento de lujos y placeres prohibidos en la colonia. El oro me franqueó todas las puertas. Los hombres me abrieron sus brazos y las mujeres me brindaron sus caricias… ¿Qué me quedó de todo aquello? ¡Nada! Sólo que había gastado miserablemente la mitad de mi vida. ¿Qué fue de Fanny y sus salones? ¡Nada!... Hoy me pregunto: ¿Cuándo se inició la segunda parte?... En el instante en que la Divina Providencia me depara un nuevo encuentro con mi maestro Rodríguez en medio de aquél hastío y de la insatisfacción de la vida que me estaba devorando, fue el momento en que me di cuenta de que el dinero da todas las complacencias de la carne sin dejar nada por dentro… ¡Tan sólo un vacío en el alma! Luego aquella enfermedad me perdonó la vida en Viena, para que siguiera mi viaje por la vieja Europa, acompañado de Simón Rodríguez y así conocer por su boca a los filósofos y a los políticos: Bacon, Voltaire, Rousseau, Hobbes, Montesquieu y otros… ¡Quién pudiera andar de nuevo el camino! Aún recuerdo cuando presenciamos la bochornosa comedia de la coronación de Napoleón delante del Papa Pío VII, para terminar mi viaje en Roma; y ya siendo una persona distinta le dije a Simón Rodríguez crudamente: “Te juro Rodríguez, que libertaré a América del dominio español y que no dejaré allá ni uno sólo de esos carajos…”

El Libertador se impulsó de nuevo para mecerse y volvió a leer: “El instante de la muerte, aunque esté alejado del nacimiento, hace la vida siempre demasiado corta cuando este espacio no se ha llenado de modo conveniente…”

--¡El mío ya está colmado!—dijo cerrando el libro.
1799, su primer viaje a Europa.

“El Bolívar que pocos conocen” (2)

Héctor Estrada Parada


“La otra Manuelita”

“La tarde del siete de diciembre de 1.824 entramos victoriosos en Lima. El pueblo me arrebató del caballo para llevarme en hombros hasta el palacio, ¡casi me ahogan! Esa noche, cansado, exhausto, encontré en mi libro de notas una flor marchita. No salí de mi asombro hasta leer el papel manchado que la escondía”

-Guárdala, es de Manuelita Madroño, para que no me olvides nunca, ni tampoco olvides nuestro amor que fue tan grande como grande es el Valle Huaylas, donde te aguardaré la vida entera.

¡Todo había sido tan real, que en su cara sintió el frío penetrante de la montaña! El chisporroteo de la vela, ahora más fuerte por ser el último grito para despedirse de la vida, lo sobresaltó, vino la oscuridad y con ella cesó la felicidad que le había producido el recuerdo de tiempos que jamás volverían. Una sonrisa de complacencia y a la vez de satisfacción nostálgica lo ayudó a conciliar un placentero sueño.

Manuela Madroño -según relata el peruano Ricardo Palma- era una chica de dieciocho años, de las más guapas del departamento de Ancachs. Era un fresquísimo y lindo pimpollo muy codiciado. Una mañana del mes de mayo de 1.824 hizo Bolívar su entrada oficial en Huaylas. El Cabildo, que pródigo estuvo en fiestas y agasajos, decidió ofrecer al Libertador una corona de flores, la cual le sería presentada por la muchacha más bella y distinguida del pueblo, claro está que Manuelita fue la designada. No pasaron cuarenta y ocho horas sin que los enamorados ofrendaran a la diosa Venus. Manuelita en ese momento decidió ser la querida del hombre más grande de América y no la simple campesina olvidada y llena de hijos en lo más profundo del Valle de Huaylas.

Ausente ya Bolívar, habiendo proseguido campaña, Manuelita guardó tal culto por el nombre y el recuerdo de su amado, que jamás correspondió a las pretensiones de los galanes de la región. Ya en estado de edad senil, aún se alegraba y se rejuvenecía cuando algunos de sus paisanos la saludaban al paso, diciéndole:

-¿Cómo está la vieja de Bolívar?

Pregunta a la que ella respondía con picardía y sonriendo de satisfacción y orgullo:

-¡Cómo cuando era la moza!


Héctor Estrada Parada



Camino de Santa Marta,
fiesta en honor al Libertador en Honda, 15 de mayo de 1.830.


En la casa del Coronel Posada Gutiérrez, El Libertador tomó un buen descanso; sin sospechar que los miembros del Concejo Municipal, los empleados públicos, los principales vecinos y el mismo Coronel Posada Gutiérrez, habían organizado un suntuoso baile en su honor para el día 15, ya que al siguiente se embarcaría para Turbaco. El festejo serviría para alegrarlo un poco y a la vez para despedirlo.

Posada Gutiérrez notificó de la celebración del baile a Bolívar y éste se sintió complacido, aún cuando no se sentía con ánimo ni con fuerzas para bailar. El Libertador se avivó con la invitación y ordenó un baño de agua tibia. Se afeitó él mismo y se peinó sus escasos cabellos blanquecinos con mucho cuidado, haciéndolo de atrás hacia delante para disimular un poco la calvicie bastante avanzada. Se vistió de etiqueta y se roció con unas gotas de agua de colonia a pesar de haberle puesto un poco al agua de la bañera, como era habitual. No pensó oportuno usar uniforme ni condecoraciones por tratarse de una fiesta no oficial. Se quejó un tanto de la temperatura con el General Laurencio Silva y salió complacido y acompañado de sus edecanes, el Capitán Fernando Bolívar, su sobrino y escribiente, y el Coronel Belford Wilson, hijo de su gran amigo el General Robert Wilson, quien le había obsequiado con un par de volúmenes invaluables: El contrato Social de Rousseau y El Arte Militar de Mont-Cuculi, y que pertenecieron a la biblioteca de Napoleón Bonaparte.

Las calles estaban muy concurridas. De todos los caseríos vecinos había llegado una gran cantidad de personas para mirar la fiesta. Muchos, vistiendo lo mejor que poseían, se sintieron invitados al baile. El Libertador oyó, a su paso por las calles, vivas y exclamaciones. Él respondió a todos los saludos… ¡Era feliz!

Su entrada en la casa fue recibida por el Alcalde, los miembros del Concejo Municipal, el Párroco, el Comandante de la Policía local, el Juez, la Alcaldesa y un médico de Cartagena que se encontraba de paso y trataba de hacerle comprender su nuevo estado después de los cincuenta. El Coronel Posada Gutiérrez, con uniforme de gala y un grupo de damas que se arremolinaban para tener el honor de que sus manos fuesen tocadas por los labios del Libertador, se encontraban en la entrada del salón de la casona.

En el momento en que Simón Bolívar hizo su entrada al interior de la sala, Posada Gutiérrez miró a los músicos de una manera convenida previamente y éstos iniciaron la fiesta con una gavota del Gluck, ya programada para música de fondo durante las salutaciones de rigor. Bolívar fue conducido del brazo de la Alcaldesa hasta un ángulo del salón donde habían preparado una pequeña tarima alfombrada para que el invitado de honor pudiese dominar toda la fiesta en sus momentos de descanso. Después del brindis por la salud y la grandeza de El Libertador y la elocuente contestación de éste, el Alcalde invitó a Su Excelencia para que abriese el baile. Bolívar se humedeció los labios con la punta de la lengua, sonrió y se excusó alegando su precaria salud, declinando el honor en la persona del mismo Alcalde, quien se sintió el hombre más dichoso de la Tierra cuando todas las miradas se volvieron hacia él. ¡Nunca había sido tan feliz!, El Libertador lo comprendió así, alegrándose de su elección. El Alcalde, pidiendo permiso al Libertador, tomó por el brazo a su señora esposa y dibujó los primeros pasos de un minueto.

El invitado de honor, desde su atalaya miraba la gran cantidad de flores que adornaban el salón. Las luces chocaban contra el oropel de los uniformes para hacer más vistoso el atuendo militar. La alegría era desbordante… ¡Claro! ¡No siempre se asiste a un baile donde el invitado principal es El Libertador Simón Bolívar!

--Su Excelencia --dijo Posada Gutiérrez al Libertador-- veo que usted se encuentra complacido aun cuando no lo he visto bailar como lo hacía en otros tiempos, cuando incansable amanecía para luego dictarle a su amanuense.

--Es verdad Coronel, pero los tiempos cambian o se van cuando son buenos para no regresar jamás; sólo quedan los recuerdos que avivan la imaginación con los candiles que chispean en los uniformes, la belleza de las mujeres y una copa de buen vino de Burdeos; aunque debo confesar que me siento como si yo fuera el General San Martín.

--No comprendo, Su Excelencia, ¿por lo enfermo?

--No, Coronel --replicó Bolívar--, mi mente me transportó a una noche de julio de 1.822 a un baile inolvidable que me ofrecía el señor Luzárraga en la Casa de Gobierno de Guayaquil. Carmen Garaycoa me coronó de laureles, ¡Qué noche aquella! Carmen y sus hermanas casi me enloquecen. Bailé con todas y todas me amaron; aunque la “Gloriosa” fue algo distinto… ¡una muñeca de porcelana!: frágil, inocente, intocable; ella se merecía un velo y una corona de azahares… Pero volvamos a lo de San Martín: En medio de aquella fiesta realzada por los uniformes, las luces y sobre todo por las mujeres más hermosas de Guayaquil. El champagne y unos músicos incansables, además de un obsequio digno de los dioses, San Martín permaneció toda la noche en una butaca como estoy yo ahora… ¡sentado como un soberano pendejo! mientras contemplo a los demás con una mujer entre los brazos… Y hoy me pregunto: ¿Sabría bailar San Martín?, ¿Estaría tan enfermo como yo ahora?, ¿o simplemente estaría añorando a Rosita Campusano? Es la semejanza que encuentro en este momento entre el General San Martín y yo en este momento. ¡Pero de que aquella fue una noche inolvidable… no hay dudas! En otra ocasión le contaré algo más acerca de la “Gloriosa”.

Juana


--¿Y a ti qué te pasa hoy que traes esa cara?
--No tengo más, ¡el sueldo no me alcanza para otra!

Y fue a sentarse a su lugar de trabajo. Destapó la máquina de escribir y comenzó a revisar la carpeta de “pendientes”, la cual casi siempre se hallaba vacía. La espigada y eficiente muchacha de cabellos rubios y cortos, siempre tenía su trabajo al día. Quizás por eso, entre otras cosas, su jefe le toleraba el mal genio con que a veces comenzaba el día. Con el correr de la mañana, su estado de ánimo iba mejorando.

--Juana María, ese “buen humor matutino”… ¿lo has tenido siempre?
--Todas mis vidas, ésta y las cien anteriores. Pero no es a diario. Sólo después de una noche de recuerdos tormentosos.

Dos o tres veces por semana, Juana María tenía visiones de sus vidas pasadas. Había sido la hija de un cacique Chibcha, en la época de la “conquista”; una esclava israelita en Egipto, antes de Moisés; la esposa de un combatiente francés de la resistencia contra los nazis. Pero la vida que más le atormentaba era la de Salomé, aquella princesa que pidió a su padrastro, la cabeza de Juan el bautista.

--¿De verdad crees en la reencarnación, muchacha?
--Aunque no quisiera creer, casi todas las noches revivo pasajes de otras vidas. Es completamente involuntario y a veces creo que voy a volverme loca.
--Oye, yo en tu lugar vería a un psiquiatra. Digo, para recibir un poco de orientación.

Aurelio, su jefe, le sugería aquello ignorando que, desde los doce años, ella había consultando psicólogos y psiquiatras, que sólo veían en su caso, la posibilidad de trastornos mentales que ella no padecía. Todos partían de la premisa de que eran alucinaciones. Pero Juana estaba segura de lo real de sus visiones y el origen de éstas. Una noche, se despertó sobresaltada, estaba sudando mares y tenía brazos y piernas arañados. En seguida recordó que había estado corriendo por una sabana y luego entró a un bosque, para despistar a sus perseguidores, unos españoles a caballo, quienes ya habían matado a parte de su pueblo e incendiado sus chozas. Al despertar, sentía que le faltaba el aire y estaba realmente fatigada y asustada.
Las situaciones que se le presentaban en sus sueños paradójicos, eran siempre conflictivas, azarosas y, a menudo, peligrosas. Juana María abandonó desde tiempo atrás, la intención de averiguar por qué o cómo le ocurría aquello. Consideró que sería muy tormentoso y finalmente una pérdida de tiempo. Más bien, concentraba su atención en el “para qué”. Es decir, qué beneficio o propósito habría en esas visiones. Tenía la sensación de que había en ellas un mensaje o un aviso subyacente, pero no tenía noción de cómo descifrarlo. Leyó alguna vez en un libro de metafísica, que todos pasamos por diferentes vidas pero no recordamos porque sería un sufrimiento para la vida actual. Pues bien, ella sufría lo indecible.

--Anoche, sin ir muy lejos, me desperté o recuperé la conciencia sentada frente a un pequeño escritorio que hay en mi cuarto, con una pluma en la mano y un papel con algo escrito en francés, lengua que, por supuesto no hablo ni entiendo, mucho menos escribo.
Tenía muchísima sed y un poco de paja entre mis ropas. Imaginarás mi desconcierto.
--Y, ¿recuerdas algo del sueño o la visión previa?
--Sólo que me hallaba vestida con uniforme de soldado del siglo XV, en una celda a oscuras, con muros de piedra muy fría y húmeda; el piso estaba cubierto de… ¡paja! ¡qué horror, Dios mío! ¿Qué me está pasando?

Su jefe le pasaba la mano por la cabeza y los hombros, tratando de darle algún consuelo, pero no atinaba a pronunciar palabra. ¿Qué podría decirle para aliviar ese tormento? Sólo callaba y sufría con ella. La amaba en silencio casi desde el momento de ser presentados. Recordó que en esa ocasión, Juana le miró con un gesto extraño y le dijo que tenía la impresión de conocerlo de antes. “Qué ridiculez, habrás oído eso cientos de veces”.
Semanas más tarde, la chica tuvo una visión: una división del ejército alemán, hizo su entrada en la villa que la cual ella vivía con su esposo. Se abrieron paso con fuego de artillería y una unidad blindada compuesta por dos tanques, destrozó varias casas, la iglesia y el edificio de la alcaldía. Su esposo en un arrebato de furia e impotencia salió a enfrentarlos tana sólo con una carabina. El final es predecible; el pobre hombre fue acribillado en medio de la calle. Murió en los brazos de la inconsolable esposa. Una muerte inútil. Ella vio con horror la cara ensangrentada del mártir. Era la misma de Aurelio, su apreciado jefe. Le atormentaba el no saber si esto era algo premonitorio; si de alguna manera se relacionaba con su vida presente y un posible final futuro para el joven ejecutivo. Había solamente dos puntos de coincidencia. Reconocía al jefe de la resistencia francesa en el rostro de Aurelio, y el nombre de la empresa de seguros donde ambos trabajaban: “Le Monde” que significa en francés, El Mundo, el cual era también distinguía a un diario parisino que veía con frecuencia en sus ensoñaciones. “Qué pesada se nos hace a veces la vida, qué desconcertantes responsabilidades nos pone sobre los hombros. Si sólo pudiera encontrar a quien me tradujera lo escribí la otra noche: Mort à l'anglaise.
Esa mañana, Aurelio fue a buscarla a su casa en vista de que no se presentó a la oficina, tampoco respondió al teléfono lo cual se le hizo muy raro ya que era muy cumplidora de sus responsabilidades, pese a su juventud. Halló un alboroto en las escaleras y ante la puerta de su apartamento; los vecinos discutían confusamente,

--Huele a quemado—decía uno—pero no hay fuego ni humo.
--Igual, llamemos a los bomberos, esa muchacha puede estar en peligro—apuntó otra.

El joven no aguardó ni un segundo y de un formidable empujón, echó abajo la puerta para, con una mueca de espanto dibujada en su faz, vio a su amor secreto, quemada en su cama de madera y a los pies de ésta, una espada con una inscripción grabada que rezaba: d’Arc.

FIN