jueves, 5 de julio de 2012

No te extraño

Podría extrañar tu presencia, cada vez ya más lejana… Lo que no extraño es tu ausencia, frecuente, desatinada. La una, me dio la vida, La otra, me la arrebata. De tanto hacerte extrañar, lograste que te olvidara.

martes, 27 de marzo de 2012

Astolfo y los Globos de los Sueños




Con un morral lleno con un par de mudas de ropa de medio uso, el sueño de triunfar como cantante y un montón de batallas por ganar, se terció la vieja guitarra al hombro y salió a la carretera. El sol y una fresca brisa bañaban su joven y hermoso rostro. Aspiró profundo para llenar los pulmones de aire y su espíritu de esperanza. Caminó por la orilla izquierda --como le enseñara su padre, otro Astolfo ya difunto--, por más tiempo del que sus cansados pies podían soportar. Finalmente se detuvo en un cruce de caminos, por donde pasaban automóviles y camiones rumbo a la capital del estado y a Caracas.
El camionero le despertó con un toque en el hombro.
--Epa muchacho, voy a parar un rato para estirar las piernas, poner gasolina y comer algo. ¿Te provoca un par de arepas y un café con leche?
--Sí señor, ¿cómo no? lo único que tengo entre pecho y espalda es un buchito de café negro que tomé antes de salir del rancho, a las cinco de la mañana –respondió con gratitud.
--Ya pasan de las nueve y media y también tengo hambre.
El hombre observaba al joven mientras éste devoraba, literalmente, las arepas rellenas con carne mechada. De pronto reparó en la guitarra, la cual no desamparaba como un tesoro muy valioso.
--¿Y esa guitarra, eres músico?
--Bueno, músico, músico no, me acompaño con ella para cantar.
--Y ¿pa’ dónde vas?
--A la capital. Voy a tener mucho éxito como cantante. Cantaré en la televisión, voy a grabar discos y ganar mucha plata, ¿sabe? Le voy a comprar una tremenda quinta a mi viejita y una nevera grandota, que siempre va a estar llena de comida.
--¡Ay carajito! Los pobres no tienen sueños, nomás tienen pesadillas.
--Yo sí lo voy a lograr señor, cuando sea famoso lo voy a invitar a comer en el mejor restaurante de Caracas.
--¡Así se habla, carajo! Con ganas de ganar. Mira, llegando a Valencia hay un carajo amigo mío que tiene un motel con una taguara bien montada. Los fines de semana, esa vaina se llena con gente que va a tomar y a bailar. Él, a veces presenta conjuntos de música criolla y a jóvenes, que como tú, por algo de dinero, comida y alojamiento, cantan para un público que al final no es muy exigente.
--Eso sería estupendo. ¿Me lo presenta?
--¡Clarinete! A eso de las cinco o seis de la tarde, iremos llegando allí, y como es viernes, hasta puede que empieces hoy mismo, si le caes bien al tipo. A propósito, ¿cómo tú te llamas?
--Astolfo Benavides, señor.
--¡Ja, ja, ja! Perdóname hijo, pero eso no es nombre, es castigo. Mejor te presentas en el local del italiano con otro nombre. ¿Qué te parece Alexander, como nombre artístico que llaman? Ya sé que hay varios “Alexánderes” por ahí, pero es pegajoso y como que trae suerte. Será porque suena a extranjero.
--La verdad, yo me siento orgulloso de mi nombre, que era el de mi padre también, pero usted tiene razón, la gente es muy novelera con los artistas.
--Oye, ¿y eres bueno? Porque si te voy a recomendar con el italiano…
--Allá en mi pueblo cantaba en la Iglesia y los muchachos siempre me buscaban pa’ llevarle serenata a las novias. Todos allá dicen que canto muy bonito.
--Entonces, ¡tú cantarás! Y de hoy en adelante, Alexander.
La especie de discoteca gigante, que resultó ser nomás un enorme caney con rústico mobiliario y una tarima, estuvo llena todo el fin de semana. Astolfo prosiguió hacia la capital con más dinero en el bolsillo del que había visto en toda su corta vida. No era mucho, realmente, pero él era muy pobre y la riqueza es una magnitud tan relativa, que para un limpio, unos pocos miles, son toda una fortuna.
A las pocas semanas, muchos de los globos de sus sueños, ya habían sido reventados por los dardos de la realidad, una realidad que a un joven de esa edad se le antojaba cruel, dura, infame. Había llegado a una ciudad con muchas casas, pero pocos hogares; mucha gente, pero pocos seres humanos. Una ciudad llena de “panas”, pero muy pocos amigos y con muchísimas casas, pero casi todas enrejadas. Llegó a creer que la experiencia de Valencia era sólo el principio de una vertiginosa carrera artística. Pero resultó nomás un evento aislado, una burla del destino o lo que sea que llamen así. Una ilusión sin fundamento real.
Un buen o mal día se halló cantando en el bulevar, entre Sabana Grande y Chacaíto y recibiendo unas pocas monedas de transeúntes que en nada valoraban su arte. Sólo arrojaban metal al estuche de guitarra, para poner un parche a su conciencia y seguir su camino.
Pero en la vida, las cosas cambian. Al cabo de un par de años, tal vez un poco menos, llegó su “manager” a la habitación del hotel y le informó:
--Bien Alexander, aquí están tu pasaporte, los dólares para el viaje y los boletos. Ya sabes lo que hacer en Nueva York al arribar al aeropuerto John F. Kennedy. Ahora trágate los globitos y está listo a las cuatro en punto de esta tarde, para llevarte a Maiquetía. Tu avión despega a las 06:45 pm.
La pobre vieja se quedaría esperando la quinta y la nevera llena de comida. ¡Ah!, y las novias del pueblo, sus serenatas. Los últimos globitos de los sueños se reventaron dentro de Alexander. Volvía a ser Astolfo, otro difunto Astolfo.
Irónicamente falleció en el aeropuerto que llevaba el nombre de quien dijo:
No podemos negociar con aquéllos que dicen: “lo que es mío es mío y lo que es tuyo es negociable.

Corazón, estoy bien, corazón.



Adalberto Bermúdez, se hallaba en el consultorio del prestigioso cardiólogo, en cuyas manos se había puesto días antes, por la presunción de que fuera cardiópata.
--Pero doctor, si usted me dijo que estaba muy preocupado, que todo parecía indicar que mi corazón no…
--Nada, nada, Amigo Bermúdez, no hay de qué preocuparse, esos equipos de diagnóstico electrónico no se equivocan jamás. Esa pequeña arritmia que percibimos hace unos días puede ser una falsa alarma y nada más. El estrés, amigo mío, se toma usted el trabajo demasiado en serio.
--Doctor, ¿y la fatiga que siento al subir una escalera, y las escaladas de la presión arterial?
--La angustia que le provocó la sospecha de tener un grave daño cardíaco, le ha sugestionado de tal modo, que ha comenzado a somatizar sus temores, al extremo presentar, aparentemente, síntomas de una enfermedad que no tiene.
--Tengo que comunicárselo a mi esposa, ha estado muy angustiada estos últimos días. Entonces ¿No hay duda doctor, estoy sano?
--¡Como un toro!, los resultados de esas pruebas no indican nada que deba quitarnos el sueño. Más aún, le hago una recomendación de médico y amigo. Llame a su mujer e invítela a salir, llévela a almorzar y tómense la tarde libre para hacer lo que les plazca. No se ponga límites. Y por último, es una orden, llame desde aquí mismo a su oficina y diga que no volverá hasta mañana, que se las arreglen sin usted. Hágalo, amigo Bermúdez, hágalo usted y sea feliz.
Bermúdez salió del consultorio del cardiólogo sintiéndose un hombre nuevo. Su semblante rejuvenecido irradiaba alegría y optimismo. No era para menos, apenas dos semanas atrás, su médico personal había mostrado mucho recelo por la condición de su corazón, el cual parecía estar seriamente dañado. Con base en ese diagnóstico le fueron practicados unos exámenes con equipos de la más avanzada tecnología, arrojando los mismos, como resultado un corazón fuerte y sano a los cuarenta y siete años.
--Julieta, Julieta corazón, no tengo nada, estoy bien mi amor. Estoy bien del corazón.
--¡Qué alegría! Adalberto de mi alma. ¿Qué te dijo el doctor?
--Basándose en las pruebas que me hicieron, todo está bien. Voy a vivir más que Matusalén. Ahora prepárate para que salgamos por lo que queda del día. Vamos a divertirnos, corazón.
Andaban por la calle como un par de adolescentes tomados de la mano, dando saltos y riendo por todo. Ambos estaban felices y con sobrada razón. La noticia para Adalberto, fue como si a un reo condenado a pena de muerte, le notificaran de un indulto a última hora.
Después de un suculento almuerzo, que nada tuvo que ver con la odiosa dieta de los quince días más recientes, se fueron a un piano-bar cercano, donde se podía bailar desde el mediodía.
--¡Cuánto hacía que no bailábamos, Julieta! Se olvida uno de vivir por tanto trabajo y tantas obligaciones. Es lo que realmente nos daña la salud, el no disfrutar y no reír.
--Sí, mi vida prométeme que de hoy en adelante, vamos a salir con frecuencia y a pasarla rico, como hemos hecho hoy.
--Prometido corazón, ahora que sabemos que estoy bien del “ídem”.
Rieron y rieron; no cabían dentro de sí de tanto gozo y dicha. Salieron del piano-bar y tomaron por la autopista hacia el este de la ciudad, para sólo deambular y pasear sin rumbo fijo. Cuando llegaron a la vía de la cercana ciudad de Guarenas, vieron que había un parque de atracciones mecánicas recién instalado. Se miraron con complicidad y a coro se dijeron:
--¡¿Por qué no?!
Y con renovado entusiasmo, entraron y compraron un montón de boletos, dispuestos a montarse en todos los aparatos más de una vez, en cada uno. Comieron algodón de azúcar, perros calientes, dispararon a los globos. Adalberto ganó para Julieta un oso de peluche gigantesco, que quizá ni cabría en el automóvil. De pronto se hallaron ante el mayor desafío: la enorme Montaña Rusa, la cual era anunciada como la más alta, larga y rápida de todo el continente. Adalberto aceptó el reto. Total, su corazón era fuerte y sano. Decidió subir y Julieta lo secundó. La adrenalina fluía a torrentes y la emoción les produjo la mayor sensación de vitalidad en muchos años.
Después de llegar a su pent-house de Altamira, Adalberto se sintió un tanto fatigado, pero era natural. “Hemos tenido una tarde y noche de marcha forzada”, se dijo. Luego de una ducha, se sirvió un trago largo para relajarse un poco antes de irse a la cama. Esa noche, hicieron el amor como conejos y sólo fue muy entrada la madrugada cuando por fin se durmieron.
En la mañana temprano, sonó el teléfono. Julieta con mucha pereza y pocas ganas, descolgó el auricular para encontrarse con la voz del cardiólogo.
--Señora Bermúdez, ¡al fin la ubico! Desde ayer por la tarde hemos estado tratando de comunicarnos con ustedes, infructuosamente. Se ha cometido un grave error. Los resultados que vimos como los de su marido, eran de otra persona, un hombre de treinta y cuatro años llamado Alberto Bernárdez. ¡Póngame a su esposo al teléfono por favor!
Julieta le llamó enseguida:
--Adalberto, corazón, Adalberto. ¡Adalbertooo!
Nunca despertó. Había sido infinitamente feliz las últimas dieciocho horas. Estaba muerto, pero con una sonrisa de placidez en los labios.

Buen FIN.

lunes, 26 de marzo de 2012

¡Ahora que recuerdo! Héctor Estrada Parada Veneco



La maceta con flores cayó desde el segundo piso, estrellándose en la cabeza del hombre, quien se desplomó sin sentido sobre el pavimento. Un tumulto de gente se arremolinó en torno al desdichado que sangraba por el cuero cabelludo.
--¡Sí, sí, está vivo!, vamos a llamar a una ambulancia.
--Mira, ya está volviendo en sí, está intentando abrir los ojos.
Decían los andantes que trataban de prestarle algún auxilio.
--¿Qué…, qué pasó…? ¡Ay mi cabeza! –dijo llevándose las manos al cráneo--, me duele mucho.
--Cómo no le va a doler amigo, si le cayó eso en la cabeza. –dijo otro, señalando la maceta hecha pedazos.
Le ayudaron a levantarse y a limpiarse un poco la sangre que ya dejaba de manar. Dentro de lo desafortunado del evento, había tenido suerte por usar sombrero, el cual amortiguó el golpe de tal manera, que le salvó la vida. Estuvo sentado un rato a una de las mesas del Gran Café. Los meseros le pusieron hielo para evitar parcialmente la inflamación y le dieron a beber un té.
--¿Está seguro de no querer ir a un hospital?, mire que el leñazo fue duro.
--No gracias, ya me voy sintiendo mejor. Dentro de un rato me levanto de aquí y me voy despacito… ¿pero adónde? Oiga –interrogó con cara de angustia--, ¿Dónde estoy?
--En Sabana Grande, amigo, en la Calle Real.
En blanco, su memoria estaba en blanco. Hizo un esfuerzo para levantarse de la silla, “pero para ir adónde, si no recuerdo ni quién soy, ni qué hago aquí”. Buscó, según le recomendó un policía. “¡Mi cartera!, claro ahí debo de tener identificación y todo lo demás.” Llevó su mano al bolsillo interno del saco, luego al pantalón. Nada. “Quizá me la robaron cuando estaba inconsciente en el piso”. Lo único que halló en el bolsillo de la camisa, fue un papelito que decía:

“Dr. R. H. Campos, Odontólogo.
Calle Real de Sabana Grande. Edif. Radio City.
Of. 6, 5:00 pm.”


Fue escrito a mano y con descuidada letra. Cuando palpaba sus ropas, buscando algo que le ayudara a la memoria, tocó bajo su axila izquierda algo metálico, frío, pesado. Disimuló mientras estuvo acompañado, pero al rato, al quedarse solo se escondió en un recodo de la calle, para comprobar que era, en efecto, un revolver. Su desconcierto aumentó. “Pero… ¿porqué ando armado, será que soy policía o detective privado? ¡Qué vaina tan rara!”
Volvió a mirar el papelito y decidió ir a esa dirección por tres motivos: 1, era su única pista, 2, no tenía más adónde ir, y 3, se hallaba a unos pocos pasos de ese lugar.
--Le repito, señor, que el doctor Campos es dentista y no médico. --le aclaró la secretaria al verlo con la ropa, las manos y la cara manchados con sangre.
--Y yo le repito también señorita, que quiero sólo hablar con él, no que me atienda profesionalmente. Tal vez pueda ayudarme con un problema que tengo. Es personal.
--Bueno, entonces dígame su nombre para anunciarlo.
--No lo sé joven, no recuerdo ni mi nombre.
--Y entonces, ¿cómo sabe que es amigo del doctor?
--No he dicho tal cosa, solamente…
Pobre hombre, en medio del drama que ya vivía, se encontró con una de esas recepcionistas lentas de entendimiento y estricta cumplidora de sus órdenes. Al parecer el profesional notó lo que ocurría en su antesala e hizo pasar a nuestro hombre a su consultorio. El doctor Campos --hombre joven, de unos treinta años, bien parecido y simpático. Dueño de una fascinante sonrisa, la cual constituía la mejor publicidad para su oficio--, puso todo su interés en relato y se mostró dispuesto a prestar su colaboración para tratar de dilucidar la razón por la cual este individuo, en medio de lo que fue una tragedia atenuada, llevaba sus señas en el bolsillo y desentramar qué clase de vínculo los relacionaba. Después de mucho conversar, al mejor estilo de un interrogatorio policíaco, el atractivo odontólogo llegó a la única conclusión de que no podían concluir nada.
--Lo que puedo recomendar, mi desmemoriado y desconocido amigo, es que se dé una caminata por los alrededores a ver si de repente ve u oye algo que le provoque un chispazo a su memoria, he leído que a veces funciona así.
--Sí doctor, haré lo que me dice y que Dios me ayude. Ya estoy empezando a desesperarme. Gracias por su tiempo.
Al pasar por la recepción rumbo a la salida, vio a una joven y hermosa mujer lujosamente ataviada, en la salita de espera. La secretaria dirigiéndose a esta dama, le dijo:
--Puede usted pasar señora Méndez del Valle. –y a los otros pacientes que pacientemente esperaban—El doctor les pide que lo disculpen, pero que ya por hoy no podrá atender más. Les llamaremos por teléfono para darles una nueva cita.
¡Plop!, el chispazo llegó pronto. Al escuchar “Mendoza del Valle”, el hombre recordó algo, que por la expresión de su rostro, era muy significativo. Fue hilado y rápido su accionar. Extrajo el papel de su bolsillo para leerlo por vigésima vez. Se encaminó al consultorio de nuevo, haciendo caso omiso de la secretaria, quien trató de impedirlo, acto seguido, abrió la puerta en el momento justo en que el dentista y la señora se daban un apasionado beso. Sacó el revólver diciéndoles:
--¡Ya recordé doctor!, les traigo saludos del señor Mendoza del Valle…
La recepcionista también se llevó lo suyo. En ese oficio no se dejan testigos ni se portan documentos.

sábado, 24 de marzo de 2012

Mariela del Mar



Mi amigo Moisés había vendido su lanchita “Nataly”, con su motorcito de 12 caballos, en la cual paseamos y pescamos mil veces. Ahora teníamos que conformarnos con “pescar a pie”.
Nos llegábamos los viernes por la noche, en mi Nissan Patrol hasta Boca Vieja, más allá de Sotillo.
Crisanto, el margariteño tarrayaba un montón de lisitas. Guardábamos una porción para el desayuno del sábado; el resto las usábamos como carnada. Es fácil, se engancha una lisita en el anzuelo, se mete uno hasta que el agua le de por la cintura. Haciendo círculos con el nylon y ayudado por el peso del plomo se lanza a lo lejos, dejando que el carrete libere. Después, a esperar que los feos bagres empiecen a picar.
Por cada pescado que sacábamos, un viaje a las cavitas de anime. Una para guardar el animal, la otra para sacar una cervecita.
De ese modo transcurría la noche. Ya a las cuatro de la madrugada teníamos una cavita casi llena y la otra casi vacía. Era el momento de avivar la candela en la improvisada fogata, sacar del carro la botella de ron y el cuatro “sancochero”. De pronto vimos acercarse a una mujer que caminaba por la orilla de la playa. Iba vestida con una blusa que dejaba al descubierto los hombros y permitía adivinar unos hermosos senos, también llevaba una amplia falda blanca que, por estar parcialmente mojada, traslucía su desnudez; se le calcaban el vello de Venus y las firmes nalgas.
--Esa catira como que anda mas perdía que Adán en el día de las madres, --Comentó Crisanto con su chispa pueblerina e ingenua
--Hola muchachos—Dijo la hermosa rubia de ojos verdes y abundante melena ondulada, -- ¿Cómo la están pasando?
--Pues aquí muñeca, libando una melaza y cantando unos valses, mientras amanece para empezar a preparar un sabroso Corbullón de bagre, sudao con tomate –Le respondió Moisés, dejando de lado el sancochero y ofreciéndole una banquetica a la recién llegada.
--Gracias amigo, me sentaré un rato cerca del fuego para quitarme el frío.
--Y esto también ayudará—Le dije ofreciéndole un vasito con ron seco.
--Pescaron bastante ¿no? Y veo que también gustan de la música y el “Roncayolo”, como le dice mi papá. —Comentó la joven soltando una sonrisa cantarina como una fuente.
--¡Ah si mi niña! Tú sabes que esta es una tierra de músicos. En este país lo que abundan son los borrachos, los músicos y, mejorando lo presente, las mujeres bellas. ¿Y tú qué andas haciendo “poráhi” solita?—Interrogó “El Lobito”—Ah, es que es una noche de despedida—Suspiró con gran tristeza—, y me apeteció caminar un poco.
Luego apuró el trago de ron y mirando al cuatro de Moisés preguntó.
--¿Puedo?
Moisés asintió con un gesto de cabeza y de inmediato la muchacha comenzó a puntearlo a modo de introducción, para seguidamente entonar Alfonsina y el Mar, con una dulce y muy afinada voz de contralto, de la manera más profundamente melancólica, que he escuchado en mi vida, se puso en pie y dándonos las gracias, se fue caminando en la misma dirección por donde había aparecido minutos antes. Cuando estaba a una distancia, en que apenas era audible su voz, se dio media vuelta y nos gritó:
--¡Espero que no me olviden, me llamo Mariela del Mar! --Y se perdió en la oscura madrugada.
La canción de la joven nos conmovió a tal punto que estuvimos callados largo rato. Al amanecer seguimos con nuestra rutina sin confesar ninguno cuánto nos había marcado la presencia de la linda y bronceada rubia.
Después de desayunar, nos dispusimos a limpiar el pescado con tanto desgano que decidimos repartirlo, para llevarlo a nuestros hogares y dar por terminada la actividad. No estábamos de ánimo para elaborar nuestro plato favorito ni seguir tomando. Regresamos a Caracas mucho más temprano que de ordinario y quedando para el fin de semana siguiente.
Habían transcurrido varios meses, un año exactos sin que tuviéramos conciencia de ello. Estábamos el sábado por la tarde terminando de almorzar, cuando el motor de una motocicleta que se acercaba interrumpió nuestros chistes y chanzas. El vehículo se detuvo en la orilla de la carretera de tierra y de él se apeó un joven de como veinticinco años, quien después de quitarse los zapatos y arremangarse el pantalón, se dirigió hacia nosotros a través de la arena caliente.
--¡Buenas tardes señores!—Dijo acercándose y poniéndose en cuclillas.
--Buenas joven –saludamos los cuatro a coro.
--¿Una cervecita fría? –le ofreció Crisanto.
--Sí, gracias. Con este calor…
Nos contó que desde hacía un año, todos los fines de semana iba allí, buscando lo que podría ser un milagro imposible.
--¿Y se puede saber cómo es eso? –le pregunté, tratando de no parecer indiscreto.
--Espero no aburrirlos con mi historia, lo que ocurre es que el año pasado vine aquí con la que, para mí era la mujer más bella de este universo, y cuando les digo bella, es en todos los sentidos. Tenía veintidós años y era mi novia adorada. Nos amábamos como sólo se puede una vez por siglo. Pero cometí la estupidez de mi vida. --El muchacho miraba al horizonte mientras hablaba y su voz se hacía más profunda y triste--. Mi novia y yo, habíamos decidido no tener intimidad física hasta después del matrimonio; eso en estos tiempos parece ridículo pero no quisimos dañar nuestro amor y así fue la determinación que tomamos. Soy humano después de todo y tenía mis apetitos intactos, de manera que caí en la tentación de hacer el amor con una compañera de la universidad, que siempre estuvo dispuesta. Ustedes entienden.
--Sí, chamo –dijo Moisés—la carne es débil.
--Demasiado débil, tanto que a veces nos impulsa a asumir conductas autodestructivas. El caso es que esta amiga mía resultó embarazada y tanto ella, como su familia me presionaron para que me casara con ella. Siempre fui un hombre de principios y consideré mi deber hacerlo. Traje a mi novia –prosiguió—a pasar el fin de semana y buscar un momento propicio para darle la infausta noticia. Lloró mujo, imploró y se rebeló. Fue terrible para ambos, realmente terrible. “Si vas a ser de otra, ¿qué sentido tiene que sigamos amordazando a nuestro amor y a ese inmenso deseo que nos devora desde que nos conocimos?”, me dijo con los lindos ojos verdes enrojecidos de tanto llorar. Y con una mezcla de amor y rabia, me entregó la pasión más enloquecedora que jamás tendré de nuevo. Finalmente entre sollozos, se quedó dormida y yo al rato, también. En la mañana, cuando la luz del sol me despertó, ella no estaba. Salí de la carpa para buscarla, pero después de pasar en ello toda la mañana, decidí ir a las autoridades para que me ayudaran con su búsqueda. A los dos días, los bomberos encontraron el cuerpo de Mariela, enredado con unos cabos, cerca de Carenero.
--¡Mariela del Mar! –dije sobresaltado y mirando a mis tres amigos.
Ninguno de nosotros quería ser el primero en contarle al joven de la moto, el breve encuentro que tuvimos con su hermosa novia.

Fin.

Amor Impaciente



La mujer tiró la colilla manchada de rojo; ésta fue a hacerle compañía a, por lo menos, una docena de ellas. Sí, hacía ya trece cigarrillos que esperaba. No menos de veinte veces había mirado el reloj, la mayoría sin ver la hora, sólo por hacer algo con las manos y su impaciencia. Abrió el bolso para sacar la cajetilla y el encendedor, cuando la imagen del Cadillac azul le interrumpió la acción. “¡Al fin, m’hijito!”, dijo sin palabras pero con todo lo que tenía de gestual.
Muy caballeroso, el amante detuvo el automóvil, se bajó y dio la vuelta por delante para abrirle, presuroso, la portezuela. Finalmente no recibió ninguna muestra de gratitud, más bien una mueca de desagrado. Mal comienzo para una tarde de idilio clandestino. Como de costumbre, para no despertar sospechas, nada de besos ni amapuches en público. Arrancó sin que ninguno mirara al otro. Directo al nidito de amor, allá por la Panamericana.
--Tardó mucho en soltarte hoy la bruja. –dijo ella.
--No la llames así, sabes que no me gusta. –reprochó él.
--Tú llamas a mi marido “el vejete” y yo no me quejo.
--Porque es verdad, es un vejete y además…
--¡Ya por favor! –le interrumpió bruscamente--, me sé de memoria todo lo que viene, el color del viejo, porque me conquistó siendo yo, apenas una adolescente, que mis padres me vendieron porque estábamos arruinados y “el vejete” me compró, etc., etc.
--Yo también tengo dinero y no ando buscando jovencitas…
--¡Tú no tienes un carajo! A ti también te compraron porque el padre del adefesio ese, es el presidente del banco donde trabajas y te la impusieron a cambio del puesto que tienes ahora. Era la única manera de que alguien se casara con “eso”.
--¿Te das cuenta de lo que nos pasa, o mejor dicho, de lo que hacemos? Se supone que nos vemos dos o tres veces por semana para hacer el amor, y mira en lo que caemos.
--Nosotros no hacemos el amor. Nosotros nada más copulamos. –dijo ella con amargura y sarcasmo.
--Lo haces parecer sórdido.
--Y tú, ridículo. ¡Amor!, no me jodas.
--Pues no, parece que hoy no te jodo. –y rió provocando la ira de la tipa.
--¡Estúpido!, no me ofendas tratándome como a una perdida.. –dijo ella soltándole un bofetón.
El hombre hizo un rápido movimiento de cabeza tratando de esquivarlo, sin mucho éxito.
--Una perdida no, nada más un poco extraviada.
La burla terminó de enfurecer a la mujer, quien se le fue encima para arañarle el rostro, sin importarle que él fuera al volante y en una ruta peligrosa.

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--¿Qué fue lo que pasó ahí, chamo?
--No sé muy bien, dicen que el camión venía bajando sin frenos, cuan el Cadillac se le atravesó en la vía y se lo llevó en los cachos hasta el borde del precipicio. Son como trescientos metros por ahí pa’ bajo.
FIN.

viernes, 23 de marzo de 2012

El Catire del 17.



Cruz Daniela se sentía agotada. Eran casi las diez de la noche; a las once terminaba su guardia en el Hospital Universitario. Era la segunda del día, trabajaba de siete de la mañana a tres de la tarde en una clínica privada. A veces la dejaban salir unos minutos antes para que llegara a tiempo a la del hospital, que por suerte, quedaba cerca. Comenzaba a hacer su última ronda, aplicando tratamiento a los pacientes de aquel piso de Medicina III; dejó para el final al muchacho del cuarto privado número diecisiete. Ese a quien iban a operar dentro de tres días de un pequeño tumor cerebral. Nada serio, casi rutina. Se trataba de un joven de casi dieciocho años, estudiante de quinto año de ciencias y que aspiraba a entrar a la universidad para estudiar medicina y también, por ser un aficionado al canto muy talentoso, quería pertenecer al Orfeón Universitario desde el momento en que pisara “la casa que vence las sombras”.
--¿Qué hace todavía despierto mi catire?, mire que lo van a llevar muy tempranito mañana a Rayos X para hacerle una tomografía de esa cabezota.
--Hola Crucita, te esperaba para darte las buenas noches y entregarte estos versos que te escribí hoy por la tarde, para que cuando los leas te convenzas de cuánto te quiero.
--Ay mi niño bello, ya debes dejarte de eso. Yo soy para ti una enfermera y tú mi paciente favorito, pero no más de ahí.
--Pero tú me gustas mucho y me tratas muy bien, yo también te gusto ¿no? Además, voy a ser doctor y como tú eres enfermera, ya tenemos el mandado hecho.
--Puede ser que me gustes, pero yo soy una vieja para ti, ¿No te das cuenta? Tengo veintidós y tú diecisiete. Voy a tener que acabar de criarte.
--Me conformo con que me amamantes cada noche, cuando nos casemos –le dijo el chico dirigiendo una sugestiva mirada al generoso busto de la enfermera.
--Ja, ja, ja, qué tremendo estás hoy catirrucio. Para eso no haría falta que nos casásemos. Solamente con que fueras mayor de edad, para no verme en problemas con la “LOPNA”.
--Entonces no hay que esperar mucho. Cumpliré los dieciocho dentro de una semana.
--¿En serio papito? Felicitaciones adelantadas. Ojalá que tu postoperatorio sea rápido pa’ que puedan cantarte tu cumpleaños feliz en casita.
--Sí, ojalá- ¿Y qué tal si esta noche me das un besito de regalo anticipado? La hermosa morena volvió la mirada hacia la puerta para verificar que no hubiera a nadie y se acercó al joven.
--Tá` pago, un besito de adelanto pa’ que duermas y sueñes conmigo.
Tomó la cara del catire entre sus manos, lo miró fijamente a los ojos y después de un significativo suspiro, le dio un tierno beso en los labios. En serio el catire le gustaba pero se interponía la diferencia de edades y la naturaleza de su relación. Al separarse, él retuvo su mano.
--Te di ya el besito, es más de lo que aconseja la prudencia. –le dijo ella con ternura.
--Si me llega a pasar algo malo en la operación, prométeme que me vas a recordar siempre.
--A caballero, vamos por partes: primero: no te va a pasar nada que no sea curarte. Por otro lado, no podría olvidar a alguien tan especial para mí. Cuando salgas de aquí, no vamos a ver el primer día libre que tenga y lo voy a pasar completico contigo. Voy a darte el mejor regalo de cumpleaños que te hayan podido hacer en toda tu vida. Hasta mañana, ¡y dame mis versos!, los leeré
--¿Sabes? Cuando te vea fuera de aquí va a ser muy extraño para mí, porque estoy acostumbrado a verte con tu blanco uniforme. Luces preciosa con él.
Cuando llegó a su casa, rondando la media noche, encontró una nota de su hermana, con quien compartía la vivienda; en la nota le decía que estaba donde la vecina, esperando una llamada de casa de sus padres, en La Victoria y que regresaría pronto. Desabotonó su uniforme y se tendió y se tendió en la cama a descansar un poco y soñar despierta. Recordó los versos y sacó el papel de su bolso, leyó:
R,r,r. (eres)
Eres en mi vida
como la clara mañana en que nací.
No la recuerdo,
pero al verte la imagino.

Eres como la luz,
que el ciego intuye
y ansía ver,
así goza de colores
que sólo puede adivinar.

Eres mi estrella Polar,
mi guía, creo que sin ti,
perdería el rumbo
en el mar de la vida;
y más que a ella… ¡te amo!

Se colocó el papelito en el pecho y cerrando los ojos, suspiró. “¿Qué me está pasando con ese carajito?”. Lo que comenzó como un coqueteo inocente, más por simpatía, se estaba transformando en una atracción realmente fuerte. Sobre todo después de haber rozado sus labios; en ese instante sintió un estremecimiento como nunca antes; ni con los dos únicos novios que había tenido, allá en su pueblo natal.
La hermana la sacó de su ensoñación; llegó urgida con noticia de que su papá había sufrido un infarto y, que a pesar de hallarse bien atendido, sobre todo a tiempo; y haber sido ingresado en un centro asistencial, aún su estado de salud era delicado en extremo. Partieron casi enseguida con un primo de ellas, que también vivía en esa población y tenía carro. Por añadidura era ahijado del señor y por lo tanto le afectaba la novedad. Ya en la mañana, Crucita se comunicaría a sus dos empleos para obtener los correspondientes permisos. Durante el corto viaje, lejos de pensar en su padre, se sentía conturbada con la imagen del catire y el recuerdo del suave beso que se dieron. Miraba a lo lejos y sentía hincharse su pecho, por la emoción que le producía el sólo pensar en el presente de cumpleaños ofrecido. ¡Lo deseaba!, era una locura, pero deseaba al muchacho.
En las siguientes setenta y dos horas, ya su papá estaba fuera de peligro y Cruz ansiaba la hora de regresar al hospital, para ver a su catire. Apenas tuvo tiempo para ponerse el uniforme que tanto le gustaba a él y llegar al puesto de enfermeras del piso 5, para preguntar:
--¿Y mi catire del 17, cómo está hoy?
--¿No te has enterado Crucita?, el doctor Arizmendi lo operó esta mañana y cuando salió del quirófano, nos dijo con la voz entrecortada y lágrimas en los ojos: “Lo perdimos, ¡Santo Dios!, lo perdimos, no resistió la operación…”


Aunque lo dude… FIN.