miércoles, 19 de mayo de 2010

El Cisne de Rubén Darío. Por: José Antonio Pulido Xambrano

A José Gregorio Vásquez.



No era la primera vez que tenía aquel extraño sueño. Nadja era seguida por un lobo en aquella casona de amplios corredores.
Desde niña Nadja había sentido un extraño gusto por la muerte. Siempre pedía permiso a su abuela para juguetear en el cementerio del pueblo. En sus sueños, cementerio y casona se hacían uno sólo. Espacio de ese horror al que era llamada y de la cual huía de forma desesperada.
Siempre en el sueño era llevada a una antigua mansión, enrejada y con murallas muy altas. La mansión era muy grande y allí en el ventanal del primer piso frente a una chimenea estaba el monstruo avivando el fuego. Un ser entre perruno y cerdo. Ella se internaba en aquella extraña casa inundada de miles de cuartos y pasadizos, así como de corredores y ventanas. El monstruo parecía estar siempre en el centro de aquella diabólica mansión. Nadja sabía que el destino de ese sueño era matar o besar al monstruo, pues le repugnaba pero le atraía.
Nadja era una niña muy solitaria, esas niñas de pueblo cuya cara se llena de granos y barros en la adolescencia y les marca para siempre. Nadja no sólo era fea sino torpe. Sus faldas siempre llegaban a sus talones, así como sus camisas de cuadros con las mangas a ras de muñeca. Su cabello rojizo resaltaba más su fealdad y siempre llevaba como Biblia, en sus manos la historia del patito feo. Soñaba, además de la pesadilla con el monstruo, en llegar a transformarse en un cisne. Su amigo Tomy le decía que cuando llegase aquel día le torcería el cuello, así como Rubén Darío había matado la poesía. Tomy adoraba a Darío.

Era fácil encontrarse a Nadja y a Tomy cazando sapos a las orillas de las quebradas, por lo que las chicas de la escuela le gritaban: - “Bruja Puerca”. Tomy tenía un defecto de malformación de nacimiento, cojeaba de la pierna izquierda al tenerla más pequeña que la derecha y uno de sus ojos era desviado, por lo que eran la burla de todos los niños y le decían: - “Pareja monstruo” o protagonistas de la fábrica del horror.

Nadja vivía sólo con su abuela, su madre había partido años atrás al quedar preñada de un policía, el padre de Nadja fue siempre un misterio. Hasta el sacerdote Luiggy había sido nombrado como responsable, y muchos aquejaban la fealdad de Nadja al pecado. Su abuela era viuda desde hace cincuenta años, siempre vestía de negro lo que ayudaba a crear la atmósfera de una niña monstruo.
El sueño era repetido cada noche y cuando entraba a la mansión nunca lograba salir. Tanto ella como el monstruo se perdían, como si el mismo monstruo huyera de ella y ella del lobo que le seguía. Le huía a la bestia de la naturaleza, pero seguía los pasos de una bestia racional que se asemejaba a un hombre.

Años después Nadja logró huir del pueblo de San José de Bolívar, el lugar del confín del mundo. Nada quedaba más por hacer, su abuela había muerto y la casona había sido tomada por un deudor.

Nadja había sido expulsada de su único hogar. Tomó el autobús y decidió seguir los pasos de la gran ciudad. Buscar a su madre. Nunca la halló. Bueno, Nadja nunca supo que su madre la negó siempre, ella jamás habría podido parir aquel engendro – se decía.

Tomy su único amigo lloró de manera desconsolada, el que Nadja se fuera del pueblo, ahora con quién atraparía sapos, lagartijas y ranas.

Cuando pisó la ciudad de San Cristóbal, Nadja se sintió en el mundo de sus sueños, caminó sin rumbo cierto por aquellos parajes. Cuando se detuvo, estaba frente a la mansión de sus sueños. Nadja abrió la reja de metal y se dirigió a aquella casa, ubicada en una esquina de aquella ciudad. Tocó la puerta y se oyó el ladrido de dos perros. Se escucharon unos pasos lentos venir hacia la entrada. Un anciano envuelto una bata roja abrió la puerta y se le quedó mirando.

- Entra, mi señor te estaba esperando, has llegado a donde perteneces Nadja.

Nadja entró a aquella mansión idéntica a la de sus sueños, sólo que aquella no tenía ventanas. Un cuadro de Rubén Darío pendía a la izquierda de las escaleras. Nadja se dirigió a la biblioteca y se quiso perder allí y nunca salir.
El anciano le señaló el cuarto de Nadja, le manifestó que a la siguiente noche, el señor de la casa cenaría con ella.

Al despertar Nadja a la siguiente mañana, tras aquel sueño intranquilo, se encontró en su cama convertida en un cisne muy bello. Hallábase echada sobre el duro plumaje de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, el viejo atinó un hachazo.
Aquella noche el monstruo devoró aquel hermoso cisne, ante una botella de vino tinto y tocando a Bach en su Stradivarius.

2 comentarios:

  1. ¡Soberbio! Se adentra uno en la escena. bien logrado.

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  2. Creo que ya lo leí en otra parte de este blog...

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